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La saga del Kennedy Center demuestra hasta qué punto Trump está obsesionado con su propia glorificación

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Telemundo 15
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Análisis de Aaron Blake, de CNN

En diciembre pasado, el presidente Donald Trump se declaró “sorprendido” de que la junta directiva del John F. Kennedy Center for the Performing Arts —cuyos miembros él mismo había seleccionado— hubiera votado repentinamente a favor de añadir su nombre junto al de Kennedy en el edificio.

Diez meses después, el intento de Trump de utilizar a la institución como rehén para lograr ese objetivo ejemplifica una obsesión cada vez más extravagante vinculada a su propio legado, una obsesión que podría acarrear consecuencias políticas a corto plazo.

Quizás más que cualquier otra cosa en este momento, esto demuestra cuán obsesionado está Trump con su propia glorificación personal, incluso a costa de potencialmente perjudicar a su Partido Republicano en las próximas elecciones intermedias.

La evolución de los acontecimientos desde diciembre ha sido vertiginosa.

“La junta es una junta muy distinguida, compuesta por las personas más distinguidas del país”, dijo Trump en aquel entonces, antes de añadir: “Y me sorprendió. Me sentí honrado por ello”.

Lo que no se mencionó, por supuesto, fue el hecho de que Trump había reemplazado a la junta directiva con un grupo de aliados políticos. Esa junta lo eligió rápidamente presidente y él bromeó repetidamente sobre llamarlo el “Trump Kennedy Center”. Además, Trump participó por teléfono en la reunión donde se tomó esta decisión.

La medida resultó extraña porque la ley federal lo prohibía claramente. Y, efectivamente, a finales de mayo, el juez de distrito de EE.UU., Christopher Cooper, dictaminó que la junta carecía de autoridad para hacerlo. También impidió que la administración cerrara el edificio para realizar renovaciones.

Poco después, Trump indicó que se desentendería del asunto, sugiriendo que se le estaba impidiendo revitalizar el centro. Señaló que entregaría el Kennedy Center al Congreso y dejaría que los legisladores lidiaran con sus problemas financieros y de otra índole.

Pero entonces la situación se puso rara.

En un escrito judicial en el que solicitó una prórroga del plazo para retirar el nombre de Trump, la administración argumentó que necesitaba que su nombre figurara en el edificio por motivos económicos. (Esto, a pesar de que, según se informó, las finanzas de la institución se desplomaron tras el intento de cambio de nombre).

“Sin el nombre ‘Trump’ en el edificio, nuestra recaudación de fondos no solo se detendrá, sino que todos los fondos recaudados o comprometidos deberán ser devueltos o reembolsados, y los compromisos cancelados”, afirmaba el documento.

Al fracasar este intento, la administración procedió a retirar el nombre. Sin embargo, esperó a hacerlo al amparo de la noche, tras haber instalado andamios y lonas para ocultar el momento embarazoso. Luego dejó los andamios y las lonas en su sitio, aparentemente para que nadie pudiera comparar el antes y el después.

Para el mes de agosto, la junta directiva ideó un nuevo plan para colocar el nombre de Trump, por si quedaba alguna duda de la gran prioridad que esto representaba.

En lugar de cambiar el nombre de todo el centro, se inscribiría un texto debajo del letrero del Kennedy Center indicando que el complejo fue “Restaurado y renovado por el presidente Donald J. Trump”. La junta también propuso nombrar la plaza circundante en honor a Trump.

Posteriormente, argumentó en otro documento judicial que, de no reconocerse a Trump, el edificio “continuaría en una espiral de muerte financiera y estructural”.

“Por lo tanto, se debe otorgar a la Administración Trump, y al presidente Donald J. Trump, el respeto y la dignidad que conlleva dicho reconocimiento”, señaló.

El juez Cooper ha vuelto a rechazar esta idea, aunque no sin antes de que la administración planteara argumentos aún más desesperados.

En los documentos distribuidos antes de la reunión del martes, estaba previsto que la junta examinara dos resoluciones. Una de ellas afirmaba categóricamente que no solo se necesitaba a Trump y su nombre para salvar el Kennedy Center, sino que dicho nombre era indispensable para convencer a Trump de colaborar en las renovaciones.

“La junta considera que, sin el reconocimiento adecuado, es poco probable que el presidente Trump supervise la renovación del edificio principal y lidere el rescate fiscal del centro”, indicaba uno de los proyectos de resolución.

Y por si quedaba alguna duda, después de que el juez fallara en contra de la administración el martes, Trump lo dijo abiertamente. Afirmó sin rodeos que solo ayudaría si obtenía el reconocimiento que claramente anhelaba.

Trump declaró en las redes sociales que las renovaciones “no pueden comenzar hasta que el Tribunal de Circuito de la ciudad de Washington se pronuncie sobre el nombre aprobado por la Junta”.

“Si el fallo es negativo —lo cual no debería ocurrir— y no es revocado por la Corte Suprema de EE.UU., la reconstrucción y renovación del Kennedy Center no se llevarán a cabo”, dijo Trump.

Trump también intervino telefónicamente en una reunión de la junta el martes para increpar a una congresista demócrata que forma parte del panel, según informó CNN.

Dicha congresista, la representante Joyce Beatty de Ohio, dijo a Kaitlan Collins de CNN el martes por la noche que Trump “quería culparme si alguien moría” debido al estado del Kennedy Center.

Hemos recorrido un largo camino. En su momento, Trump afirmó estar sorprendido de que la junta hubiera votado a favor de poner su nombre en el edificio. Ahora, mantiene explícitamente al Kennedy Center como rehén hasta que su nombre vuelva a figurar en el edificio.

Es evidente que esta es una prioridad absoluta para Trump, y hará prácticamente cualquier cosa para que su nombre aparezca en el Kennedy Center, incluso si eso suena cada vez más desesperado y aunque probablemente esté destinado a ser un cambio temporal si de alguna manera lograra superar los obstáculos legales. Sin duda, el próximo presidente demócrata buscaría retirarlo.

Y cabe destacar que esto representa una clara carga política negativa. Una encuesta del Pew Research Center realizada en abril reveló que solo el 9 % de los estadounidenses consideraba aceptable poner el nombre de Trump a edificios gubernamentales mientras él sigue en el cargo. Un sondeo reciente de CNN mostró que los estadounidenses opinaban, por un margen de casi 2 a 1, que los intentos de Trump de cambiar instituciones como el Kennedy Center habían ido “demasiado lejos”.

Trump ha dejado muy claro que está centrado en estos asuntos relacionados con su legado, mucho más que en la principal prioridad de los votantes: la asequibilidad.

Ver cómo la situación del Kennedy Center se convierte en un fiasco cada vez más evidente, cuyo único objetivo es que Trump consiga poner su nombre en el edificio, deja patente cuáles son sus prioridades políticas, por si alguien tenía alguna duda.

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