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Por qué Putin no ha respondido a la captura por parte de EE.UU. de su socio estratégico, Maduro

Análisis de Nathan Hodge, CNN

En mayo de 2025 el presidente de Rusia Vladimir Putin recibió al líder de Venezuela Nicolás Maduro en el Gran Palacio del Kremlin, justo antes de las grandes celebraciones en Moscú para conmemorar el 80 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.

Fue un momento simbólico que exhibió la principal alianza de Putin en el hemisferio occidental. Flanqueado por el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, Putin ofreció palabras de bienvenida a su homólogo venezolano y aseguró que los vínculos entre Moscú y Caracas se estaban desarrollando “en gran medida gracias a la atención personal” de Maduro.

Tras unas conversaciones en formato restringido y un desayuno oficial, los dos presidentes firmaron un tratado de asociación estratégica y cooperación. Pero la captura de Maduro en una operación militar ordenada por el presidente de EE.UU. Donald Trump ha puesto de manifiesto los límites de esa asociación, al tiempo que ha señalado el camino hacia posibles oportunidades estratégicas para el líder del Kremlin frente a la nueva era de diplomacia de las cañoneras de Washington.

La condena de diplomáticos rusos a la incursión estadounidense para capturar a Maduro fue, por supuesto, rápida y categórica. En una llamada telefónica durante el fin de semana con la entonces vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, ahora presidenta encargada, Lavrov “expresó una fuerte solidaridad con el pueblo de Venezuela frente a la agresión armada”, según un comunicado difundido por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia.

Al intervenir el lunes en una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, el representante permanente de Rusia ante las Naciones Unidas, Vasily Nebenzya, acusó a Washington de “generar un nuevo impulso para el neocolonialismo y el imperialismo”.

Pero la voz de Putin, la única persona que realmente importa en la política rusa, brilló por su ausencia inmediatamente después de la operación de cambio de régimen de Estados Unidos. A diferencia del presidente de China, Xi Jinping, que condenó lo que calificó de “acoso unilateral” por parte de Washington, Putin no hizo ninguna declaración pública inmediata y clara sobre la incursión.

Del mismo modo, aún no ha comentado el abordaje y la incautación de un buque con bandera rusa por parte de las fuerzas estadounidenses el miércoles. Muchos observadores se preguntan ahora cómo responderá Moscú al nuevo aventurerismo militar de Washington.

A primera vista, la destitución de Maduro parece ser el último de una serie de reveses geopolíticos para Putin. En diciembre de 2024, el presidente de Siria Bashar al-Assad, un aliado histórico de Moscú, huyó a Rusia tras el colapso de su régimen. En junio pasado, Estados Unidos lanzó ataques contra instalaciones nucleares en Irán, entrando directamente en conflicto con un país que también había firmado una asociación estratégica con Rusia a principios de ese año.

Las autoridades rusas se apresuraron a aclarar que la alianza estratégica entre Moscú y Teherán no obligaba a Rusia a intervenir militarmente si Irán era atacado. Y aunque la alianza estratégica forjada entre Maduro y Putin fue presentada por el Gobierno de Rusia como una expresión de apoyo al “fraternal pueblo venezolano” en su defensa contra las amenazas externas, la incursión de las fuerzas de operaciones especiales estadounidenses no generó ninguna respuesta contundente por parte de Moscú.

La incursión de las fuerzas estadounidenses para capturar a Maduro también supuso una publicidad incómoda para el complejo militar-industrial ruso. Bajo el mandato del predecesor de Maduro, el difunto presidente Hugo Chávez, las Fuerzas Armadas venezolanas comenzaron a reequiparse con material de fabricación rusa, incluidos los sistemas de defensa aérea S-300, Buk y Pechora-44. En medio de las amenazas de una acción militar por parte del Gobierno de Trump, Maduro también había presumido que su país había desplegado 5.000 misiles antiaéreos de corto alcance de fabricación rusa en “posiciones clave de defensa aérea”.

“Parece que esas defensas aéreas rusas no funcionaron muy bien, ¿verdad?”, ironizó el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, en declaraciones realizadas el lunes en un astillero naval en Newport News, Virginia.

Pero hay posibles aspectos positivos para Putin a nivel estratégico. La afirmación de Trump de una clara esfera de interés en América Latina —la llamada “Doctrina Donroe”— podría ofrecerle al líder del Kremlin cierta cobertura retórica para justificar su propia ambición imperial de desmantelar una Ucrania independiente. Y la señal de confianza del Gobierno de Trump de que el control de Groenlandia es el siguiente punto en la lista de tareas pendientes complementa perfectamente la visión del Kremlin.

Desde el colapso de la Unión Soviética en 1991, Rusia ha sostenido durante años que tiene derecho a intervenir en lo que denomina el “exterior cercano”, los Estados independientes que surgieron de las cenizas de la URSS. Y en sus declaraciones tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, Putin dejó muy claro que consideraba la restauración del imperio como su misión suprema.

Esas palabras resuenan con comentarios hechos tras la incursión en Venezuela por el subsecretario general de la Casa Blanca, Stephen Miller, quien dijo a Jake Tapper, de CNN, que “vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.

Y el mensaje de Trump de que está dispuesto a utilizar la fuerza para tomar Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca, aliado de la OTAN, también debe ser una buena noticia para el Kremlin. Desde la invasión a gran escala de Ucrania, el Gobierno ruso ha trabajado para explotar cualquier fisura dentro de la alianza transatlántica, especialmente ahora que el Reino Unido y las potencias europeas intentan formar una “coalición de los dispuestos” para respaldar a Ucrania con el apoyo de Estados Unidos en duda.

En una misa para celebrar la Navidad ortodoxa rusa —que se celebra el 7 de enero según el calendario juliano—, Putin apareció junto a miembros uniformados de las Fuerzas Armadas y sus familias, mostrando públicamente determinación para continuar la guerra en Ucrania, a pesar de los esfuerzos de paz en curso.

“Hoy celebramos la maravillosa y luminosa festividad de la Natividad de Cristo. Y a menudo llamamos al Señor nuestro Salvador, porque vino a la tierra para salvar a todas las personas”, dijo Putin. “Así, los soldados, los soldados de Rusia, cumplen siempre esta misión, como si les hubiera sido encomendada por el Señor: defender la Patria, salvar la Madre Patria y a su pueblo. Y en todo momento Rusia ha tratado a sus soldados de esta manera: como personas que, como si les hubiera sido encomendada por el Señor, cumplen esta misión sagrada”.

La imagen de Maduro siendo trasladado a un tribunal en Nueva York puede atraer una atención incómoda sobre el fracaso de Putin para imponer con éxito un cambio de régimen en la vecina Ucrania. Pero Putin parece estar indicando que, en el Juego de Tronos global, la fuerza sigue dando la razón.

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