Mientras Rusia se acerca a un hito sombrío, Putin proyecta confianza
Análisis por Nathan Hodge, CNN
Rusia se acerca a un hito sombrío: para mediados de enero, la “operación militar especial” del presidente Vladimir Putin en Ucrania se habrá prolongado más que la guerra en el Frente Oriental, que comenzó con la invasión alemana a la Unión Soviética en junio de 1941 y terminó con la caída de Berlín en mayo de 1945.
Putin es conocido por su obsesión con la Segunda Guerra Mundial y la veneración oficial de la victoria soviética sobre la Alemania nazi es parte del pegamento ideológico que mantiene unido al Estado ruso. La Rusia de Putin incluso ha visto la rehabilitación de Josef Stalin, el dictador comunista que presidió una purga despiadada en la década de 1930 antes de liderar a su país en lo que en Rusia se conoce como la Gran Guerra Patria.
Pero casi cuatro años después de la invasión a gran escala de Ucrania, una victoria decisiva sobre Kyiv se le escapa al líder del Kremlin: Rusia controla alrededor del 20 % del territorio ucraniano, se estima que la guerra le ha costado a Moscú más de un millón de bajas y, quizás el mayor golpe a los objetivos de guerra de Putin, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, sigue en el poder.
A medida que el año termina, Putin proyecta confianza en que el tiempo está de su lado y que la victoria es inevitable. Antes de una cumbre con el primer ministro de la India, Narendra Modi, en diciembre, Putin concedió una entrevista a India Today donde dijo que Rusia “liberaría Donbás y Novorossiya en cualquier caso, por medios militares u otros”, reafirmando su demanda de adquirir todas las regiones de Ucrania que Rusia reclama, incluidas aquellas que sus militares no han logrado tomar por la fuerza.
Y esa determinación parece ser una estrategia de negociación. Putin seguramente es consciente de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está decidido a llegar a un acuerdo sobre Ucrania y el líder ruso ha hecho todo lo posible para sacar el máximo provecho del afán de Washington a poner fin al conflicto.
En su conferencia de prensa de fin de año, el presidente de Rusia dijo que su país estaba listo y dispuesto “a terminar el conflicto por medios pacíficos”, aunque no sin presumir que sus fuerzas estaban “avanzando a lo largo de toda la línea del frente”.
Y unos días después, en su tradicional discurso televisado de Nochevieja, Putin instó a los rusos a “apoyar a nuestros héroes” que luchan en Ucrania, y agregó: “¡Creemos en ustedes y en nuestra victoria!”.
Las razones de Putin para proyectar arrogancia son claras. Para empezar, el líder del Kremlin ha podido observar cómo un frente occidental antes unificado en apoyo a Kyiv mostró fracturas serias después de que Trump asumiera el cargo en enero.
En febrero, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, sorprendió a los líderes europeos en la Conferencia de Seguridad de Múnich con un discurso que criticaba a los aliados transatlánticos de Washington. Ese espectáculo fue seguido por una reprimenda pública a Zelensky por parte de Trump y Vance en la Oficina Oval.
Unos meses después, otro golpe de relaciones públicas para el Kremlin siguió con la reunión cumbre en Anchorage, Alaska, entre Putin y Trump. Aunque el encuentro no logró un deshielo en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, fue más que una oportunidad para una foto para Putin: el presidente de Rusia pudo ganar más tiempo en su implacable guerra de desgaste contra Ucrania.
Pero la aparente reticencia de Putin a comprometerse más seriamente en los esfuerzos de paz después de Anchorage finalmente puso a prueba la paciencia de Trump. Una invitación a una segunda cumbre bilateral entre Estados Unidos y Rusia en Budapest no prosperó y el Gobierno de Trump impuso sanciones a las dos mayores compañías petroleras de Rusia. El presidente de Estados Unidos, quien a menudo elogia a Putin, expresó su frustración con su homólogo ruso.
Aun así, parece haberse roto suficiente hielo entre Washington y Moscú como para permitir que avanzara un esfuerzo diplomático estadounidense poco convencional liderado por el exsocio comercial de Trump, Steve Witkoff, y su yerno, Jared Kushner.
Tras la visita de Witkoff y Kushner al Kremlin a principios de diciembre, siguió una oleada de diplomacia de alto nivel entre Zelensky y a líderes europeos, con muchas conversaciones sobre cómo definir los detalles de un posible acuerdo.
A mediados de diciembre, el pronóstico de Trump era optimista, con el presidente de Estados Unidos diciendo a los periodistas que “estamos más cerca ahora que nunca” de lograr un acuerdo de paz.
Pero al final del año, Putin todavía parece ocupar el papel de posible obstáculo para el acuerdo: mientras Zelensky logró reunirse con Trump en Mar-a-Lago el pasado fin de semana para discutir un acuerdo de paz revisado, el líder del Kremlin enmarcó esa reunión con sus propias llamadas telefónicas al presidente estadounidense.
Y la posición rusa sobre las conversaciones de paz parece endurecerse. En su conversación con Trump el lunes, Putin informó a su homólogo estadounidense sobre un supuesto ataque ucraniano con drones a su residencia de Valdai en la región de Novgorod, según un resumen entregado a la radio estatal rusa por el asesor del Kremlin Yuri Ushakov.
El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, también expresó indignación por el supuesto ataque —que Zelensky calificó de “una completa invención”— dijo que “la posición negociadora de Rusia será revisada” en medio del proceso de paz en curso.
Algunos observadores del Kremlin son escépticos respecto a que Putin acepte un acuerdo que cruce alguna de sus líneas rojas. Los contornos de dicho acuerdo aún están emergiendo, pero la parte rusa ha sido clara desde hace tiempo sobre los principales puntos de fricción.
Recientemente, el viceprimer ministro de Rusia, Sergei Ryabkov, los reiteró en una entrevista con ABC News: no habrá entrega de ningún territorio ucraniano que Moscú reclame, y no habrá presencia de las Fuerzas Armadas de la OTAN en Ucrania después de que termine la guerra.
“Lavrov, Ushakov, (el portavoz del Kremlin Dmitri) Peskov y el propio Putin (quien ha incrementado visiblemente su participación con las Fuerzas Armadas mientras insiste en que ‘alcanzaremos nuestros objetivos’) han dejado claro que el plan revisado es totalmente inaceptable. Sin embargo, Washington sigue interactuando con Kyiv, promoviendo un ‘progreso’ que Moscú considera ilusorio”, escribió la observadora política de Rusia, Tatiana Stanovaya, en X tras las últimas conversaciones en Mar-a-Lago.
“De eso trata precisamente la historia rusa sobre un ataque con drones a la residencia de Putin: un contundente ‘golpe sobre la mesa’ para que Occidente finalmente escuche que las actuales negociaciones de paz van en una dirección completamente inaceptable para Moscú y para descarrilar el marco emergente entre Estados Unidos y Ucrania”, afirmó.
Putin tiene la confianza de Trump, pero aún no ha logrado acallar esas voces contrapuestas. La pregunta es hasta qué punto la confianza del Kremlin es solo una fachada.
En noviembre, Putin se puso un uniforme de camuflaje para visitar un puesto de mando militar en un lugar no revelado, donde el comandante en jefe del ejército de Rusia, el general Valery Gerasimov, afirmó que las tropas rusas controlaban la ciudad oriental de Kupiansk.
Solo unas semanas después, Putin fue eclipsado por Zelensky, quien publicó un video de una visita a Kupiansk, usando chaleco antibalas y de pie frente a un letrero lleno de impactos —y muy fácil de geolocalizar—. Cuando le preguntaron más tarde sobre el video durante su conferencia de prensa de fin de año, Putin lo desestimó, burlándose del presidente de Urania como “un artista talentoso” dedicado al teatro.
El ambiente en Rusia es difícil de medir —criticar al ejército puede llevar a una persona a la cárcel— y la economía sigue avanzando lentamente, a pesar del crecimiento más lento y de la campaña ucraniana de ataques contra la infraestructura energética rusa, la piedra angular del poder económico de Moscú.
Sin embargo, el control indiscutido de Putin sobre el poder le da margen en cualquier proceso de paz. Los cementerios en la Rusia provincial pueden seguir creciendo con los muertos de la guerra, pero ningún parlamento puede presionarlo, ninguna oposición política parece amenazarlo y una población aparentemente pasiva le permite continuar su guerra contra Ucrania.
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