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Dos años de cautiverio, túneles y soledad: la historia de David y Ariel Cuño, dos hermanos que fueron rehenes de Hamas

Por Ana María Mejía, CNN en Español

La oscuridad es total, dice David Cuño. No hay ventanas ni referencias ni forma de distinguir el día de la noche, recuerda el hombre, al describir los túneles en los que él y otras decenas de personas permanecieron cautivas como rehenes de Hamas luego del ataque que el grupo realizó el 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel.

“Es como estar con los ojos cerrados todo el tiempo”, agrega David, y dice que en esos lugares no se alcanza a ver ni siquiera la propia mano y el miedo no proviene solo de la falta de aire, del hambre o de la humedad que se mete en los huesos, sino de no saber de dónde puede venir el próximo golpe.

Esos túneles que Hamas tiene en Gaza, dice David a CNN, a veces no superan el medio metro de ancho. En algunos tramos hay que avanzar agachado; en otros, gateando. Sitios angostos que, dice, representan una “pesadilla” que a la fecha todavía lo aqueja.

David y su hermano Ariel fueron secuestrados el 7 de octubre de 2023, cuando integrantes de Hamas los sacaron de sus casas en el kibutz Nir Oz. Ambos nacieron en Israel, hijos de padres argentinos, y ninguno imaginó que ese día los mantendría cautivos durante dos años con cinco días.

El ataque de Hamas —que los gobiernos de Israel, Estados Unidos y decenas de países más catalogaron como terrorista— dejó un saldo de unos 1.200 muertos y más de 200 secuestrados. Además, marcó el comienzo de una ofensiva de Israel en Gaza que ha causado más de 70.000 fallecimientos, según cifras de las autoridades de salud de Gaza.

David estaba en su casa con su esposa, Sharon, y sus dos hijas pequeñas, cuando vio por la ventana que venían los atacantes. Tomó una botella de vino para intentar defenderse, pero al abrir la puerta vio a uno de los hombres con un cuchillo y a otro con un rifle Kalashnikov.

Lo encañonaron, le pusieron el cuchillo en el cuello y el arma en la espalda, y lo llevaron hasta un tractor que ya estaba lleno de rehenes. Al levantar la vista reconoció a Sharon inconsciente, arrastrada por el suelo por uno de los captores. “¡Es mi esposa, es mi esposa!”, gritó, hasta que la subieron al vehículo también.

Sharon quedó cerca y, una vez consciente, David le preguntó por Emma, su hija de tres años, que se había quedado sola. Sharon le dijo que las habían separado por la fuerza.

Durante nueve días, David no supo nada de Emma. Su familia estaba retenida en una casa cuando sus captores les dijeron que debían moverse. Los llevaron a un hospital. A Sharon le pusieron un hijab y a David, una máscara y una gorra.

Ya en el lugar, Sharon le dijo que había escuchado a Emma llorar. David pensó que no era posible, que era una ilusión, que se lo estaba imaginando. Pero menos de 20 segundos después, Emma apareció.

Un hombre la llevaba en brazos. Tenía el pelo revuelto, el cuerpo enrojecido, estaba muy delgada, no se había bañado y no los reconocía. David relata que Sharon se quitó el hijab y él se sacó la máscara y la gorra. La niña lloraba sin parar, no entendía quiénes eran ni dónde estaba. Fue Sharon quien empezó a cantarle una canción y así fue como Emma comenzó a tranquilizarse.

David recuerda ese momento como uno de los más difíciles y más intensos de todo el cautiverio. Emma volvió, pero el daño ya estaba hecho. “Ahora no voy a dejar que nadie la toque nunca más”, dice.

Ariel vivió un secuestro distinto. Estaba con su novia, Arbel, cuando los captores entraron a su casa gritando y preguntando si eran soldados, si había armas. Ariel levantó las manos y repitió que eran civiles.

Su perro, de apenas dos meses, empezó a hacer ruido. Le dispararon y murió en segundos. Arbel gritó de miedo y le pegaron en la cabeza, mientras otro hombre sostenía una granada y decía que la iba a lanzar, como amenaza constante.

Ariel pasó su cautiverio en apartamentos, en silencio. No podía toser ni moverse y, cuando se enfermaba, tenía que contenerlo todo. “No soy una máquina pero lo hice y eso me mató”, dice.

La soledad fue lo más duro. Estuvo solo dos años, sin nadie que le hablara, que lo animara o que le dijera que todo iba a estar bien. “Te volvés loco”, recuerda. El día más difícil fue cuando lo separaron de Arbel sin aviso, sin poder despedirse ni decirle que la amaba.

Ocho meses después, uno de los captores le dijo que el hermano de Arbel, que formaba parte de la seguridad del kibutz, había muerto el mismo día del secuestro. “Duré días sin comer, sin dormir, perdí la fe”.

David estuvo 49 días con su esposa y sus hijas antes de ser separado de ellas. Ese día, dice, fue uno de los más difíciles de su vida. No sabía si las volvería a ver. Todavía hoy habla de culpa por no haber podido hacer algo diferente y por lo que vivieron ellas.

Sus amigos, compañeros de cautiverio, le dijeron que hizo todo bien, que sobrevivieron y que estaban vivos, “pero la culpa no se va”, asegura.

En los túneles, David convivía con otros rehenes. Había días enteros de silencio, días en los que nadie hablaba porque todos estaban demasiado mal. Aun así, tenían algo: la posibilidad de compartir el dolor. Ariel no tenía eso, recuerda. “Yo no puedo entender cómo estaba solo y cómo pudo sobrevivir sin enloquecer”, dice.

Ariel considera que se sostuvo por la energía que sentía adentro, por la esperanza de que iba a volver y por la certeza de que tenía que salir para reconstruir lo que la guerra había roto en Arbel. “No podía dejarla sola”, dice.

La liberación llegó como un sueño que parecía imposible. David recuerda salir de los túneles sin darse cuenta del sol ni del aire. La realidad le llegó cuando una militar israelí empezó a hablarle y él le pidió un abrazo. “Le dije para, para, ¿me podés abrazar? Y ahí entendí que era verdad, que estaba en libertad”, relata.

David y Ariel —al igual que otros rehenes que fueron liberados tras rondas de negociaciones entre Israel, Hamas e intermediarios— se reencontraron después de dos años sin saber nada el uno del otro. David creía que su hermano estaba muerto. Cuando lo vio, no lo podía creer. “Era como ver a un muerto que volvió”, dice.

Hoy, David asegura que toma la vida de otra manera, que no grita por cosas pequeñas, que no posterga y que intenta vivir el momento. Ariel dice que ahora ve a su familia más seguido, que ya no se sienta con el teléfono cuando está con ellos y que cada segundo cuenta. “Voy a disfrutar de eso”, dice.

Después de dos años y cinco días de cautiverio, ambos volvieron. La oscuridad de los túneles quedó atrás. El recuerdo, dicen, sigue ahí.

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