Sobrevivieron al sismo en Venezuela pero perdieron todo. Un mes después, sus días pasan entre carpas y rutinas provisorias

Por Osmary Hernández y Rocío Muñoz-Ledo, CNN en Español
La primera noche durmieron en el estacionamiento del Polideportivo José María Vargas. Al día siguiente llegaron las carpas militares. Un mes después del doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela —uno de los más devastadores y el más fuerte registrado en más de un siglo en el país— ese complejo deportivo sigue siendo el hogar temporal de cientos de familias que abandonaron sus casas por los daños estructurales o por el temor a nuevas réplicas.
A las 9 de la mañana llega el desayuno, al mediodía se sirve el almuerzo y por la noche los niños tienen que acostarse temprano para asistir al día siguiente a la escuela improvisada instalada dentro del refugio.
“No es fácil, pero lo hace un poco más llevadero”, dice a CNN Veruska Isasis. La organización ayuda a sobrellevar los días, pero las familias siguen sin saber cuánto tiempo más las carpas serán su hogar.
Hasta este lunes, 107 campamentos albergaban a unas 23.000 personas y casi 18.000 se habían quedado sin vivienda, según las cifras presentadas por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.
Entre las familias del Polideportivo José María Vargas, ubicado en el estado costero de La Guaira, hay varias que dejaron edificios que siguen en pie, pero donde ya no se sienten seguras para volver. Para evaluar las viviendas afectadas, el Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, implementó un sistema de “semáforo” que clasifica los inmuebles dañados por los sismos del 24 de junio según su nivel de habitabilidad.
Veruska Isasis recuerda que los primeros días fueron improvisados. Ella y su hija salieron de su apartamento y pasaron la noche en el estacionamiento del polideportivo antes de que instalaran las carpas militares.
“Gracias a Dios nos han atendido muy bien. Tenemos médicos, nos han puesto baños, lavadero. No es fácil pero sí un poco más llevadero”, cuenta.
Su apartamento no se derrumbó, pero quedó con daños: el piso se levantó y las paredes se agrietaron. Aunque fue inspeccionado, Isasis no sabe si la vivienda es segura ni si podrá regresar. “A mí me da pánico entrar al apartamento”.
Desde el terremoto, las noches de Isasis son difíciles: duerme pocas horas y tanto ella como su hija han necesitado apoyo psicológico para enfrentar el impacto emocional que les dejó el sismo.
“Cualquier ruidito me sobresalta. Duermo muy pocas horas y eso me ha afectado mucho. La niña llora en la noche y a veces tiene ataques de ansiedad”, cuenta.
Como muchas otras familias, sigue esperando una respuesta sobre su vivienda. “No nos han dicho en qué nos van a ayudar. Si nos van a reubicar, si nos van a dar un crédito hipotecario… no sabemos”.
Para Isasis, el terremoto también cambió la forma en que imagina su futuro en La Guaira. Antes del sismo había perdido su empleo cuando cerró la emisora donde trabajaba y ahora no descarta irse a otro lugar si encuentra una oportunidad.
“Aquí de por sí no había mucha fuente de empleo. Y ahorita con esto que quedó devastado, ¿de qué vamos a vivir?, ¿cómo vamos a salir adelante?”, se pregunta.
También dice que todavía no ha querido recorrer algunas zonas afectadas porque le resulta difícil ver cómo cambió el lugar donde ha vivido casi toda su vida.
“Yo no he querido salir porque debe ser deprimente ver todo eso. Sitios, personas que uno conoció, ya no existen. Es muy fuerte. Nadie se espera una cosa como esta, nadie”, dice Isasis.
Francelis Salazar, una peluquera de 43 años, vivía en la avenida Soublette. Llegó al refugio instalado en el polideportivo junto con su familia después de sentir miedo por las posibles réplicas. “Mi hijo esa noche vomitó del susto y decidimos venirnos”, cuenta.
Su vivienda sufrió daños en las columnas de la entrada. Aunque quiere repararla, no piensa irse de La Guaira. En el refugio, dice, las necesidades básicas están cubiertas. “No me puedo quejar. Nos han tratado muy bien”.
Pero después del terremoto también perdió parte de su trabajo. Muchos de sus clientes vivían en Caribe, una de las zonas más afectadas. “Perdí muchísimas amistades. Ya no eran solo clientes; cuando una persona te abre las puertas de su casa pasa a ser parte de tu vida”.
Yamaris Salazar, otra damnificada que se encuentra en este mismo refugio, también dejó un apartamento dañado en la avenida Soublette. Una pared cayó sobre parte de su cocina y ahora permanece en el refugio con su esposo. “No es como estar en su casa, pero le doy gracias a Dios porque por lo menos estamos vivos”, dice sobre sus días bajo la carpa.
Ella espera saber si su edificio será reparado o si tendrán que buscar otro lugar, aunque se rehúsa a irse de La Guaira. “Nací aquí y aquí me muero”, dice Salazar.
Antes del terremoto, Mercedes Rivas, de 52 años, trabajaba como buhonera (como los venezolanos llaman a los trabajadores informales) en el boulevard de Catia, en Caracas. Después del sismo regresó a La Guaira y no ha podido volver a trabajar.
“Si yo no trabajo, no genero”. Ahora cuida de su madre, de 87 años, mientras espera una respuesta sobre el edificio donde vivían. A pesar de las dificultades, dice sentirse acompañada porque muchas de las familias del refugio ya eran vecinos antes del terremoto y ahora se apoyan entre ellos.
“La mayoría somos del mismo sector. Todos nos conocemos. Estamos aquí como familia”, dice Rivas.
Mientras las familias siguen adaptándose a esta vida temporal, Rodríguez aseguró que habrá soluciones habitacionales antes de que termine el año, aunque no explicó si se trata de refugios temporales, campamentos o viviendas definitivas para las familias afectadas. Analistas consultados por CNN señalaron que esa promesa no tiene fundamentos por la situación económica del país.
En el refugio, los días pasan entre las comidas, las conversaciones con los vecinos y la espera de noticias sobre sus casas. Veruska intenta volver a dormir con su hija, Francelis busca cómo recuperar su trabajo y Mercedes cuida a su madre mientras espera saber qué pasará con su vivienda.
Un mes después del terremoto, las familias han aprendido a organizar sus días, pero todavía no saben cuánto tiempo más tendrán que vivir así.
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