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El tuit que definió una década de Trump

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Telemundo 15
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Por David Mack, CNN

Hace diez años, Jesse Farrar produjo lo que probablemente sea el escrito más influyente de su vida. Fue un tuit, lanzado casualmente a última hora de la noche del 1 de octubre de 2016. Ni siquiera recuerda qué le impulsó a hacerlo. “Probablemente estaba aburrido y quería llamar la atención”, admitió Farrar.

La publicación de Farrar era una especie de guion breve en el que un personaje hace una afirmación que luego se ve interrumpida por una acción indicada entre asteriscos. Decía así:

Era una broma pasajera, pero una broma con el poder sísmico de una profecía. Se ha escrito mucho sobre la era Trump y sobre el protagonista que la centra: un hombre que rompe las normas, sobrevive a los escándalos y ansía llamar la atención. Sin embargo, pocos textos captaron con tanta destreza cómo se desarrollarían los ciclos políticos y mediáticos durante los siguientes diez años, una y otra vez.

Piénselo: Farrar publicó su tuit seis días antes de que saltara la noticia de la grabación de “Access Hollywood”. Antes de que la prensa empezara a esperar a ver cuándo el piadoso compañero de fórmula de Trump, Mike Pence, abandonaría al sórdido y desacreditado candidato y a su campaña, obviamente condenada al fracaso. Antes de… ¡Ah! Bueno. De todos modos.

Fue el tuit que se convirtió en meme y luego en mantra; una llave maestra que aún permite descifrar la última década de la vida estadounidense.

“Es indiscutiblemente uno de los tuits más importantes de la política estadounidense sobre la política estadounidense, especialmente desde una perspectiva de izquierda”, afirmó Jake Christie, quien lleva años dirigiendo un proyecto en redes sociales llamado “Museum of Twitter” (Museo de Twitter), donde analiza las publicaciones más influyentes de la plataforma, incluido un episodio dedicado al tuit de Farrar. “Simplemente lo ves por todas partes”.

Esto se debe a que, gracias tanto a las habilidades del propio presidente Donald Trump como a las instituciones que lo rodean, el mandatario ha logrado librarse de una serie de aprietos —investigaciones y juicios políticos, acusaciones y condenas— que habrían acabado con la carrera de innumerables políticos. Perdió unas elecciones, reaccionó con la actitud de mal perdedor más catastrófica de la historia de Estados Unidos y, aun así, logró recuperar más poder que nunca.

Y, al igual que el personaje de Twitter de Farrar, que se aferra a esa última coma llena de esperanza, los críticos del presidente siguen especulando con que el próximo escándalo será, por fin, el que le haga pagar las consecuencias.

“Escribir su obituario político es una pérdida de tiempo: soporta la persecución y elude el procesamiento judicial como ninguna otra figura pública”, escribió Kellyanne Conway, jefa de campaña de Trump en 2016 y asesora principal de la Casa Blanca, en The New York Times en 2023. “Ese gato tiene siete vidas”.

Para Farrar, quien ahora tiene 38 años, haberse convertido involuntariamente en el Nostradamus de una era política surrealista y, a menudo, muy absurda ha sido una experiencia extraña, incluso inquietante. Cada vez que se topa con sus propias palabras en bromas de otros en Internet o en noticias, recuerda quién era cuando las escribió y cómo se sentía el mundo entonces.

En el fondo, desearía que su pequeña broma no hubiera resultado tan acertada. “Jamás habría imaginado que seguiríamos en las mismas diez años después; seguimos esperando que pase algo, pero creo que probablemente no ocurrirá”, dijo Farrar. “El mundo sigue girando así, y por eso creo que es una mi**da”.

A pesar de su contribución indeleble al discurso político, Farrar afirma que vive la política mayoritariamente de forma indirecta. Residente en las afueras de Nashville junto con su esposa y sus tres hijos, se considera de izquierda en un estado republicano donde nunca ha sentido que ningún partido lo represente realmente.

Actualmente es copresentador del pódcast “Your Kickstarter Sucks” y de la transmisión de Twitch “Go Off Kings”, pero en 2016 Farrar aún estaba definiendo el rumbo de su vida y ganaba dinero como trabajador independiente escribiendo para medios como Deadspin, The Daily Dot y Vice. Muchos de los medios con los que colaboró ​​ya han desaparecido, y su trabajo ha sido borrado de Internet.

Al igual que muchas personas que viven pegadas a la red, recuerda que le resultaba muy gracioso ver a Trump —alguien aparentemente tan adicto a Twitter como él mismo— haciendo campaña para la presidencia. Si el mundo de la política siempre le había parecido una gran broma, aquí tenía a un candidato que parecía tomárselo precisamente así.

Hace diez años, por estas fechas, Trump y su campaña ya habían sobrevivido a 16 meses de crisis, desde el día en que lanzó su candidatura a la Casa Blanca calificando a los mexicanos de “violadores”. Hubo desaires contra el senador John McCain y otros prisioneros de guerra, comentarios sexistas sobre Megyn Kelly —entonces presentadora de Fox News—, burlas hacia un periodista de The New York Times con discapacidad, llamamientos a prohibir la entrada de musulmanes, su reticencia inicial a condenar a un antiguo “Gran Mago” del Ku Klux Klan, ataques a un juez federal de origen mexicano, un enfrentamiento con una familia musulmana distinguida con la Estrella de Oro (Gold Star Family) y declaraciones sugiriendo que los defensores de la Segunda Enmienda podrían “hacer” algo para impedir que Hillary Clinton aboliera el derecho a portar armas, o que los piratas informáticos rusos deberían “encontrar” los correos electrónicos de Clinton.

Cada uno de estos escándalos generó innumerables titulares en una prensa y un sector de comentaristas atónitos. Trump salió indemne de todos ellos.

Cuando Farrar publicó su fatídico tuit, a pocas semanas de las elecciones, Trump estaba envuelto en otra polémica más, esta vez relacionada con una mujer llamada Alicia Machado. Machado, ex Miss Universo —a quien Hillary Clinton había mencionado durante el primer debate—, afirmó que Trump la había llamado “Miss Piggy” (Señorita Cerdita) y “Miss Housekeeping” (Señorita Limpieza) cuando ella ostentaba la corona del certamen de belleza. Él había negado las acusaciones de Machado, pero luego procedió a arremeter contra ella en una serie de tuits publicados en plena madrugada, justo el día anterior al mensaje de Farrar.

Casi al mismo tiempo que Farrar enviaba su tuit, surgió otro escándalo: The New York Times publicó fragmentos de los registros fiscales de Trump, documentos que él se había negado a divulgar. Los papeles revelaban que había declarado una pérdida de US$ 916 millones en 1995, lo que podría haberle permitido eludir el pago del impuesto federal sobre la renta durante los siguientes 18 años.

Al echar la vista atrás, Farrar no pretende haber tenido una visión política privilegiada sobre aquel momento histórico concreto. Simplemente se maravillaba, al igual que gran parte del país, de que Trump pareciera salir airoso de situaciones que, hasta entonces, habrían resultado políticamente impensables. Unos diez meses antes, durante un acto de campaña en Iowa, Trump había comentado que sus seguidores le eran tan leales que “podría pararme en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y no perdería ni un solo votante”. Esa broma, que parecía cobrar más veracidad con el paso de los días, llevó a Farrar a hacer la suya.

A pesar de todo lo ocurrido, en realidad no creía que Trump fuera a ganar. “Pensé que era una buena ocurrencia”, dijo. “Ojalá lo hubiera sido, sin duda”.

He aquí una lista no exhaustiva de los medios que han hecho referencia al tuit de Farrar —a veces incluso en sus titulares— en los años transcurridos desde que lo escribió: The New York Times, The Washington Post, The Atlantic, The New Yorker, New York Magazine, Vox, Jezebel, Slate, HuffPost, The New Republic, BuzzFeed News, USA Today, Billboard y Esquire. Naturalmente, también cuenta con su propia entrada en la enciclopedia de Internet Know Your Meme.

McKay Coppins, de The Atlantic, lo calificó como “uno de los mejores tuits de esta era”, mientras que su colega David A. Graham afirmó que era uno de los “ejemplos esenciales” de los memes que definen la era Trump. “En algún momento, el tuit pasó de ser una réplica a los comentaristas ingenuos a convertirse en una forma abreviada de describir lo insólito de la política estadounidense”, escribió Graham a principios de este verano boreal.

“Ese tuit en particular ha perdurado en el tiempo”, señaló Dave Weigel, periodista político de Semafor que ya había hecho referencia a la “historia” del tuit de Farrar. “Fue bastante perspicaz, porque había muchos progresistas que pensaban: ‘Bueno, seguro que no puede salirse con la suya’, pero esa idea se ha ido desvaneciendo con el paso del tiempo”.

Weigel recuerda haber cubierto la campaña de 2016 para The Washington Post y no haber llegado a creer nunca que el desfile de escándalos acabaría provocando la caída de Trump, sobre todo una vez que ganó y contó con el poder de la presidencia a su favor. El fervor por Trump entre sus partidarios era enorme, y Weigel percibía en ciertas personas cada vez más influyentes el deseo de contrarrestar lo que él denomina el “síndrome de Watergate”: la idea de que un candidato —y mucho menos un presidente— deba afrontar consecuencias que pongan fin a su carrera debido a una conducta indebida. (El vicepresidente J. D. Vance opinaba lo mismo; en junio de 2026, afirmó que, si el escándalo Watergate hubiera ocurrido hoy, habría sido noticia durante apenas 12 horas. “La idea de que habría derribado una presidencia es una locura”, declaró Vance).

“Creo que simplemente se ha asumido que los escándalos ya no son lo que eran”, comentó Weigel. “Trump sobrevivió. ¿Es eso algo exclusivo de él?”.

Los analistas han pasado gran parte de la última década tratando de definir qué ha convertido a Trump en una figura política tan singular y aparentemente inmune a las críticas (como si estuviera recubierto de teflón). Por un lado, se formó bajo la tutela de Roy Cohn, cuya filosofía —resumida por su acólito Roger Stone— consistía siempre en: “no admitir nada, negarlo todo y lanzar un contraataque”. Además, especialmente durante su segundo mandato presidencial, adoptó claramente la estrategia de “inundar el terreno de juego con mi**da” de su antiguo asesor Steve Bannon, asumiendo acertadamente que a los medios y al público en general les costaría seguir el ritmo de tal avalancha de polémicas.

Sin embargo, suponer que Trump posee una especie de “magia política especial” podría ser, en sí mismo, una premisa errónea, según Julia Azari, politóloga de la Universidad Marquette de Wisconsin que ha estudiado la evolución (o involución) de las normas políticas estadounidenses.

“No pierde popularidad a causa de estos escándalos, pero tampoco goza nunca de una gran popularidad”, señaló Azari, haciendo referencia a encuestas en las que Trump nunca ha contado realmente con un apoyo público mayoritario o generalizado. “Creo que perdemos mucha capacidad de análisis cuando lo tachamos de figura mágica”.

En la misma línea, el columnista de The New York Times Jamelle Bouie comentó a Christie, en su serie “Museum of Twitter”, que el tuit de Farrar era “derrotista” porque alimentaba la idea de que Trump es la única persona con capacidad de acción —el “protagonista del mundo”— y que todos los demás se limitan a reaccionar ante él.

Por el contrario, Bouie opina que son las personas y las instituciones que rodean a Trump —desde republicanos hasta demócratas, pasando por el Congreso y los tribunales— quienes han hecho posible la situación de la última década.

“Otros no se molestan en afrontar el hecho de que probablemente se podría lograr que desapareciera definitivamente. En cierto modo, permiten que se las arregle para volver a entrar”, afirmó Bouie. “Realmente ha comprendido que la persistencia representa el 99% del éxito. Basta con presentarse y no marcharse; la gente terminará pensando: ‘Supongo que este tipo debe estar aquí’”. (El personal de la Casa Blanca no respondió a una solicitud de comentarios para este artículo).

Sin embargo, una habilidad que Trump ha demostrado es su talento para replantear sus escándalos y convencer a sus seguidores de que la indignación por su comportamiento forma parte de una hostilidad liberal más amplia hacia ellos; así lo afirma Whitney Phillips, de la Universidad de Oregon, autora de libros sobre la polarización y la “demonología antiliberal”. Según Phillips, el tuit de Farrar explota la dinámica en la que los liberales se indignan y, acto seguido, la gente se burla de ellos por esa misma indignación.

Parte de este fervor liberal —del que Farrar se burlaba desde una perspectiva de izquierda— ha sido avivado por actores en línea o comentaristas de televisión por cable que constantemente anticipan novedades en las narrativas sobre los problemas de Trump, con el fin de generar esperanzas y aumentar sus propias audiencias. (¿Recuerdan aquellas velas con la imagen de Robert Mueller para rezar por su éxito?)

Pero también es, en parte, una consecuencia inevitable de que los medios cumplan con su labor de investigar posibles irregularidades. “Aunque toda la cobertura informativa, desde el principio, hubiera sido cien por cien objetiva —sin comentarios editoriales ni euforia—, aun así habría acabado absorbida por esa narrativa de Trump según la cual cualquier oposición te convierte en partidista”, señaló Phillips. “Es un truco asombroso que él domina a la perfección”.

Para Farrar, resulta especialmente agotador ver cómo sus propias palabras se siguen utilizando hoy en día en artículos que especulan sobre si, por fin, se acerca el final. Cuando Graham, periodista de The Atlantic, citó el tuit de Farrar en un artículo de julio —en el que planteaba que una guerra con Irán sería la “trampa” que finalmente acabaría con el aura de invencibilidad de Trump—, Farrar se mostró indiferente. “¿Dónde está la trampa? ¿Ya ha caído en ella? ¿Se ha acabado todo? No pasó nada”, comentó Farrar.

Aunque los republicanos se distancian de un Trump cada vez más impopular de cara a las elecciones de mitad de mandato, y aunque los demócratas se preparan para posibles victorias arrolladoras que podrían otorgarles el control del Congreso, Farrar sigue mostrándose pesimista. No cree que ellos —ni nadie más— vayan a exigir responsabilidades al presidente de repente, ni que este deje de hacer lo que le plazca.

Farrar reconoció la crítica de Bouie de que su actitud era derrotista; y, en efecto, lo es. También es cínica y está marcada por el hastío. Convertirse en la voz involuntaria del pesimismo político puede acabar convirtiendo a una persona en alguien pesimista.

A lo largo de una década, ha aprendido a dudar de que para algunos existan las consecuencias o el karma. El sistema, a su juicio, está amañado para garantizar la impunidad de las élites, y nada de lo ocurrido en los últimos diez años le ha quitado la razón hasta ahora.

“Creo que si sigues apostando a que ‘no pasa nada”, solo te equivocas una vez; y entonces piensas: ‘Bueno, genial. Me alegra haberme equivocado’”, comentó Farrar. “Pero hasta que eso ocurra, habré acumulado un millón de victorias apostando a que ‘a la gente poderosa no le pasan cosas malas’. Así es como funciona el mundo, ya sabes”.

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