Venezuela y Cuba están en la mira de Trump: cómo queda ahora Nicaragua ante la debilidad de sus mayores aliados
Por Gonzalo Zegarra, CNN en Español
El Gobierno de los copresidentes nicaragüenses, Daniel Ortega y Rosario Murillo, encara con cautela y preocupación la avanzada de Estados Unidos sobre América Latina. Venezuela y Cuba, sus dos aliados en una troika ideológica, ya están rodeados por la presión de Washington y esa estrategia estadounidense genera interrogantes sobre el futuro de una Nicaragua represiva y cada vez más aislada.
Tras el ataque estadounidense del 3 de enero, Nicaragua exigió el respeto a la soberanía de Venezuela y reclamó la liberación de Maduro, pero Ortega y Murillo guardaron un silencio de casi dos semanas sobre el tema. “Nos sumamos al clamor: que regresen al presidente Maduro a su pueblo, se lo llevaron a una acción desproporcionada, sin ninguna orden de captura”, dijo el mandatario el viernes 16 en un discurso. “Esperamos que no sigan amenazando al pueblo de Cuba”, agregó.
En el medio, mandó una señal a EE.UU. con la liberación de “decenas de personas”, un día después de que el Departamento de Estado celebrara las excarcelaciones de presos políticos en Venezuela y recordara que “más de 60 personas” siguen “injustamente detenidas o desaparecidas” en Nicaragua.
Sin embargo, las situaciones de Caracas, La Habana y Managua también presentan varias diferencias internas y en la perspectiva de la Casa Blanca.
Ortega, de 80 años, cumplió este mes 19 años en el poder, pero su gestión dio un vuelco en 2018, cuando enfrentó una ola de protestas a partir de una reforma a la ley de seguridad social, con enfrentamientos y represión que dejaron cientos de muertos.
Analistas consultados por CNN señalan que la restricción electoral, recortes del espacio cívico y la criminalización de la disidencia (que en su mayoría debió salir del país) fueron tomados en buena parte como modelo por el presidente Nicolás Maduro en Venezuela. Allí la oposición enfrentó todo tipo de obstáculos para las elecciones de 2024 y se aseguró actas que señalaban que había obtenido un triunfo, mientras que las autoridades electorales proclamaron otra reelección del chavismo.
“El gobierno de Ortega-Murillo es, sin duda, incluso más represivo que los de Venezuela o Cuba”, dijo a CNN Michael Paarlberg, profesor asociado de ciencia política en Virginia Commonwealth University, especializado en Centroamérica. “Su singularidad radica en que ha abandonado toda pretensión de ser un Estado de partido único, como lo fue tras la Revolución Sandinista, y se ha convertido en un régimen personalista, esencialmente un Estado gobernado por dos personas”, sostuvo.
El analista indicó que Nicaragua, al no contar con reservas de petróleo o grandes recursos naturales como Venezuela, su Ejército tampoco tiene el poder que ostenta la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. “En consecuencia, Ortega ha recurrido a la policía y a grupos paramilitares para aterrorizar a la ciudadanía”, señaló.
La liberación de presos de enero fue “una muestra de debilidad del régimen” y una concesión para mantenerse en el poder, según comentó a CNN la dirigente opositora Ana Margarita Vijil, quien pasó casi dos años detenida entre 2021 y 2023 por acusaciones de conspiración. “Es un mensaje de apaciguamiento por temor”, agregó desde España.
En ello coincide el economista y activista opositor Juan Sebastián Chamorro, quien fue precandidato presidencial en 2021, también detenido en junio de ese año y preso hasta 2023. “El mensaje es decirle a EE.UU. que está dispuesto a negociar. Siempre ha visto al imperialismo como su máximo enemigo, no la oposición interna”, apuntó.
Chamorro advirtió que Nicaragua llegó a tener una alta dependencia del petróleo de Venezuela, similar a la que tiene hoy Cuba, pero los envíos cayeron fuertemente hace más de una década, cuando bajó la producción en el país sudamericano.
Sobre la captura de Maduro y la administración encargada en Venezuela, analizó: “Además de la pérdida de un aliado político, a Ortega lo que más le debe estar preocupando es la debilidad del sistema de la tríada”.
Pero también resalta un elemento interno: los rumores sobre alguna presunta complicidad en el aparato de seguridad. “Ese elemento de traición debe tenerlos muy asustados a Ortega y Murillo. El círculo es muy cerrado. No tienes el equivalente al feudo de Maduro, el de los (hermanos Delcy y Jorge) Rodríguez, de (Diosdado) Cabello y de (Vladimir) Padrino. No hay feudos, es el señor feudal y la señora. Sin estructura ni partidos, solamente la familia. Eso abre la puerta a mayor vulnerabilidad. Debe estar viendo con mucha desconfianza a su círculo”, dijo Chamorro.
Tras la liberación de presos, Estados Unidos reclamó que la medida debe ser “incondicional” para todos los presos políticos. Según la ONG Colectivo de Derechos Humanos para la Memoria Histórica de Nicaragua, los excarcelados enfrentan restricciones de movilidad y obligatoriedad de reportarse periódicamente ante las autoridades.
Washington también acusó al Gobierno de Ortega y Murillo de detener a nicaragüenses por apoyar o comentar publicaciones en redes sociales, algunas referidas a la captura de Maduro. Eso “demuestra lo paranoico que está el régimen ilegítimo”, dijo la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado.
La desconfianza es un rasgo permanente que los críticos achacan a Ortega. “Una de las grandes tendencias del año pasado es que el régimen se siente tan solo que ha comenzado a apresar a su propia gente”, dijo Vijil, repasando los casos de Marcos Alberto Acuña, escolta presidencial destituido y detenido por “desobediencia” en 2024; o el del comandante Bayardo Arce, asesor económico y antiguo cuadro sandinista que fue detenido en 2025 bajo arresto domiciliario. Ortega declaró en 2024 traidor a su propio hermano, Humberto Ortega, fallecido unos meses después.
“Cualquier persona puede ser vista como potencial traidor. Si no se sintieran en riesgo, no apresarían a la gente. Saben que en cualquier momento la gente se va a volver a levantar, como en 2018 o como en 1979. Saben que el pueblo es capaz de vencer el miedo”, dijo Vijil.
En tanto, Chamorro considera que “hay fisuras en el régimen” y remarcó que la represión no ha disminuido en este contexto: “Si están echando presos a gente por likes, salir a protestar sería casi suicida”. Y agregó: “Cuando uno está paranoico, toma acciones que no siempre están bien pensadas, que pueden llegar a generar dinámicas de ruptura o mayor aislamiento, un pánico entre ellos mismos o la pérdida de esperanza”.
En contraste con sus aliados, la macroeconomía de Nicaragua goza de estabilidad, aunque persistan los altos índices de pobreza.
El Fondo Monetario Internacional, que pronostica un crecimiento de 3,4 % del PIB para 2026, destacó en noviembre la “resiliencia” económica del país frente a los aranceles de EE.UU. y la incertidumbre mundial.
El Gobierno de Ortega y Murillo “es algo más competente en la gestión de su economía” que Cuba y Venezuela, “lo que explica en parte por qué no ha atraído la misma atención” que esos países, dijo Paarlberg. El académico señaló que la gestión “solo es de izquierda en la retórica”, ya que sus políticas “son bastante conservadoras”, con leyes fiscales y regulatorias “extremadamente favorables para los inversores extranjeros” y algunas de las leyes antiaborto más estrictas del mundo.
Managua además mantiene un acuerdo comercial con Washington, como signatario del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana. Bajo ese marco, EE.UU. aplicó sanciones a Nicaragua por abusos laborales y violaciones de derechos humanos, aunque no llegó a aplicar las máximas penas comerciales, por lo que mantiene abierta la tensión y negociación.
“La medida hubiera podido ser más fuerte. A diferencia de Venezuela y Cuba, Ortega ha sido lo suficientemente estratégico para mantener una relación comercial muy activa. Eso hace que muchas empresas estén operando y exportando y hubo un lobby fuerte de empresas que suavizaron la sanción”, analizó Chamorro.
“Ortega no trastocó la economía como lo hizo en los años 80”, agregó el economista, que reconoció que el PIB está creciendo, aunque sea insuficiente para los problemas estructurales de pobreza, pero señaló una particularidad: los enormes ingresos provenientes del reciente éxodo migratorio, con la salida de casi el 15 % de la población. “Las remesas representan el 30 % del PIB, es altísimo”, apuntó.
Una reconocida empresaria nicaragüense que no quiso ser identificada por temores de seguridad también dijo a CNN que Ortega “aprendió de los años de la revolución (1979-1990), que desbarataron la economía del país”, pero denunció la virtual desaparición de la sociedad civil por la represión y persecución: “Se desarticuló completamente”.
Las repetidas críticas del Departamento de Estado a Nicaragua y su cercanía a Venezuela y Cuba no implican que la presión sea la misma que enfrentan Caracas y La Habana.
“Por ahora, Nicaragua no está en el radar de Trump. Sabemos que (el secretario de Estado, Marco) Rubio es un crítico de Ortega desde hace mucho tiempo y que estaría encantado de derrocarlo si tuviera la oportunidad. Pero Nicaragua no es una prioridad para Trump”, expresó Paarlberg.
Entre las razones, mencionó la falta de petróleo o minerales de valor significativo y agregó que los lazos de Nicaragua con China han resultado en proyectos concretos, como la idea de un canal interoceánico. Además, destacó que la migración tradicionalmente va hacia Costa Rica, por lo que no hay en EE.UU. una diáspora fuerte que ejerza presión para un cambio de régimen, como sí la hay de Cuba y Venezuela.
Chamorro coincide en que Washington “no tiene un interés económico inmediato” en Nicaragua, aunque considera que la atención puede pasar por las rutas de narcotráfico y el paso de migrantes de otros países en su ruta hacia Norteamérica. En cuanto a la perspectiva geopolítica, afirma que Ortega “ve como un sustituto” a China, pero descarta que el gigante asiático pueda llegar a tener la importancia comercial de Estados Unidos.
Sin una presión asfixiante de EE.UU. sobre Managua, la oposición continúa trabajando fuera del país para generar condiciones de cambio.
“Es por diseño, (Ortega) nos expulsa para hacernos el trabajo más difícil. Pero no nos vemos como diáspora o emigrados, sino como una oposición trabajando en el exilio”, indicó Chamorro. Vijil coincide que “eso es lo que quería el régimen” cuando los expulsó junto a otros líderes, pero afirma que no callarse ya es una derrota para las autoridades.
“El gran reto, la gran demanda, es seguir presionando para abrir los espacios democráticos. Se necesita garantizar seguridad para el retorno seguro de los exiliados”, afirmó la activista, que ve factible una transición en el corto o mediano plazo, pero no lo ve como un camino fácil. “Ortega tiene 80 años, está mal de salud y sabe que cualquier transición que implique justicia lo puede llevar a un juicio. Prefiere una estrategia de ganar tiempo”, lo que puede incluir una negociación con EE.UU., dijo Vijil.
Por su parte, Paarlberg indicó que Ortega “solo se ha preparado para una transición: la de sí mismo a su esposa, si es que esto no ha sucedido ya”, teniendo en cuenta que Murillo “es la única sucesora” en la que confía. “Solo puede esperar morir mientras ella aún esté en el poder para evitar enfrentarse a la justicia cuando su régimen caiga inevitablemente y un gobierno antisandinista tome el control”, agregó.
En sus perspectivas para 2026, Chamorro aseguró que “la situación ha cambiado radicalmente” con la captura de Maduro, “un aliado muy cercano en lo personal”, y añadió que hasta el debilitamiento de un aliado extrarregional como Irán puede afectar a Ortega. “Es un año que luce muy complicado”, dijo.
A su vez, Vijil dijo que “hay un antes y un después” del ataque de EE.UU. en Caracas. “Hay una rejilla por la que hay que seguir presionando. Si hay suficiente presión, con tal de sobrevivir, Ortega va a tener que ceder, saben que no pueden atrincherarse”, comentó.
“Van a hacer cualquier cosa para alargar su poder, pero su fin es inevitable”, dijo esperanzada y adelantó: “Tengo listas mis maletas para volver”.
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