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Iraníes en América Latina, entre la esperanza y el miedo a la devastación: “Es realmente triste y muy aterrador”

Por Rocío Muñoz-Ledo, CNN en Español

Desde la pantalla de su teléfono, Alex Shams, un iraní-estadounidense que vive en la Ciudad de México, ve caer bombas sobre las calles de Teherán en los videos que circulan en la prensa y en redes sociales. Reconoce los edificios. Reconoce los restaurantes y el parque donde solía caminar con sus amigos.

“Es realmente aterrador ver caer bombas sobre la ciudad que amo, sobre el país que amo. No he podido comunicarme con mis seres queridos desde que todo esto empezó. Pero las personas con las que sí he podido hablar me han descrito el terror absoluto de los misiles cayendo por todas partes”, dice Shams en entrevista con CNN.

Han pasado nueve días desde que estalló el nuevo conflicto en Medio Oriente. El ataque de Estados Unidos e Israel en el que murió el líder supremo Alí Jamenei sacudió Irán y desató una escalada de violencia en la región. Desde entonces, los bombardeos no han cesado: Israel sigue atacando tanto Irán como Líbano, y más de mil civiles han perdido la vida en la República Islámica.

Como otros iraníes con los que habló CNN en Ciudad de México y Río de Janeiro, este joven de 35 años sigue la situación en su país con sentimientos encontrados. Mientras algunos ven en los ataques estadounidenses e israelíes una posible oportunidad de cambio, muchos temen que el costo humano haga imposible siquiera pensar en ello.

La diáspora iraní en América Latina es pequeña si se compara con la de Estados Unidos o Europa. Según las cifras más recientes del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, al menos 5.000 ciudadanos iraníes residen en América Latina. Brasil alberga la comunidad más numerosa, con alrededor de 2.000 personas, seguido por México, donde la población es menor y se estima en más de 500 iraníes. También existen comunidades más pequeñas en Ecuador, Venezuela, Colombia, Chile y Argentina.

Katayoun Vaziri nació y creció en Teherán antes de mudarse a Estados Unidos para estudiar arte en la Universidad de Yale. Tras vivir un tiempo en Nueva York, decidió probar la vida en la Ciudad de México durante un mes. Una noche, mientras escuchaba jazz en un bar de la capital, sintió que algo la convencía de quedarse. “Escuché la música de jazz más hermosa que había oído en mi vida. Esa noche estaba con una amiga y dijimos: esto es una señal”, recuerda.

Vaziri admite que no le gustaba estar en Estados Unidos porque se sentía sola. Además, dice que tenía la sensación todo el tiempo de que la historia de su país no era comprendida y en México siente que no tiene que explicar de dónde viene.

Hoy, mientras sigue las noticias de los bombardeos, describe la sensación como estar viendo “la Tercera Guerra Mundial en primera fila”.

“Siempre bromeaba diciendo que pensaba que ocurriría en mi vida, pero nunca imaginé que empezaría en Irán. Es una locura”, agrega.

Esta artista iraní de 42 años, que rechaza tanto al Gobierno de Irán como los ataques de Estados Unidos e Israel, dice que la única esperanza que tiene es que, en medio del conflicto, “haya una pequeña posibilidad de que ocurra algo inesperado y bueno” que permita un cambio.

“Espero que la infraestructura de Irán no se pierda, ni la de la sociedad, para que los movimientos civiles puedan crecer en cinco o diez años y quizá podamos lograr algo significativo. Eso es, honestamente, lo máximo que puedo esperar… siempre y cuando no haya más personas muriendo”, agrega.

En Río de Janeiro, Shahin Ranjbarzadeh es más optimista. Este investigador iraní llegó a Brasil hace más de diez años con una beca del gobierno para hacer un doctorado y actualmente trabaja en una universidad. Para él, la muerte de Jamenei tras los ataques abrió una nueva posibilidad para su país.

“Ya no es un sueño. Está empezando a hacerse realidad. Todo va a estar bien. Trabajaremos duro para reconstruir nuestro país, nuestra economía, la industria, el transporte… todo lo que una sociedad necesita para vivir feliz y con dignidad”, dice.

Esa esperanza se reforzó cuando, tras varios días incomunicado, logró hablar con su madre. A pesar de la destrucción y la falta de internet, ella estaba feliz. “Dijo que en diez años no había visto algo así y que, pase lo que pase, finalmente obtuvieron lo que querían con la ayuda de Trump”, recuerda. Con un hijo brasileño y un pasaporte que le permite moverse libremente, Shahin sueña con regresar a Irán para abrir su laboratorio en la Universidad Sharif y continuar su trabajo científico.

Entre la diáspora iraní, las opiniones están divididas. Dariush Alexander Ghaderi Barrera —un artista de 32 años que creció entre Canadá y la Ciudad de México y cuyo padre huyó de Irán como refugiado tras la revolución de 1979— considera que, más allá de las críticas que pueda tener hacia el régimen, el daño causado por los ataques de Estados Unidos e Israel no genera esperanza. “Esta guerra no va a ser la solución. No tiene nada que ver con la libertad del pueblo iraní”, dice.

Desde principios de año, Irán enfrenta una crisis económica que desató protestas a nivel nacional. La represión dejó miles de manifestantes muertos, mientras el presidente Donald Trump consideraba realizar una serie de posibles opciones militares que finalmente tuvieron lugar este sábado.

Todos repiten como, durante esas protestas, era difícil contactarse con su familia y amigos pues las autoridades habían cortado la conexión en internet en prácticamente todo el país. En estos días, el padre de Ghaderi no ha logrado establecer comunicación con sus hermanos.

“Ha estado en constante comunicación desde el día que se fue hace 40 años, entonces para él tener esta incapacidad de comunicarse, le genera una ansiedad grande”, cuenta.

Aunque Ghaderi nunca ha estado en Irán, su arte siempre ha estado inspirado en el folclore y la historia de la cultura persa. “Ha sido mi forma de reconectar, de reclamar y de redescubrir mi herencia”, dice, y asegura que, después de muchos años intentándolo, tenía planeado ir para el Año Nuevo en marzo. Pero la guerra ha frustrado esos planes.

Shams nació en Los Ángeles, hijo de padre iraní que se vio obligado a salir tras la Revolución de 1979. Creció viajando a Irán para visitar a su familia y vivió allí durante su investigación doctoral. Desde hace cuatro años reside en Ciudad de México, donde trabaja como escritor, investigador y antropólogo.

Coincide con Vaziri en que quienes más sufren esta guerra son los ciudadanos iraníes, atrapados en medio de decisiones políticas.

“Es realmente triste y muy aterrador, porque, por un lado, es con mis propios impuestos como estadounidense, y además sé que Trump e Israel no se preocupan por la vida de los iraníes. Para ellos, los iraníes son solo peones en un juego político, y no les importa cuántos maten mientras debiliten a Irán. Por otro lado, el Gobierno de Irán también ha demostrado que no le importa la vida de los iraníes y que va a defenderse. Así que son solo personas que sienten que están atrapadas entre estos dos poderes”, dice Shams

Tanto Trump como el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, dijeron que sus principales objetivos eran defender a sus respectivos países de las amenazas que representa Irán y, especialmente, impedir que el régimen islámico adquiera un arma nuclear, sin presentar pruebas de que estuviera más cerca de obtenerla.

Shams considera que toda esta escalada evidencia cómo se desaprovecharon las oportunidades diplomáticas. “También es muy triste porque siento que he visto tantas oportunidades para la diplomacia a lo largo de los años (…) estamos en una guerra completamente innecesaria, que Israel y Trump iniciaron cuando Irán ya estaba negociando con ellos”, señala.

Las agencias de inteligencia israelíes y estadounidenses —incluida la CIA— habían estado siguiendo los movimientos de Jamenei durante meses, esperando el momento para atacar, incluso mientras los enviados estadounidenses mantenían conversaciones regulares con Irán sobre un nuevo acuerdo nuclear.

Conforme avanzan los días, el conflicto no da tregua y las imágenes de bombas cayendo sobre Teherán continúan apareciendo. En ellas, Shams seguirá reconociendo los barrios, restaurantes y parques que tantas veces visitó. Para él, cuando empieza la guerra, todas las aspiraciones políticas o los sueños de cambio quedan en segundo plano.

“Cuando hay guerra, lo único que sueñas es que termine”, dice. “En el momento en que empiezan a caer las bombas, todo se vuelve silencio. Toda esa energía, todo ese activismo, toda esa gente, que soñaba con un futuro mejor y luchaba por él, en cambio queda corriendo por sus vidas. Mi sueño ahora es que la guerra termine para que los iraníes puedan volver a soñar”.

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