Pantallas vs. juguetes: lo que dicen algunos padres sobre el dilema de “Toy Story 5”

Por Gonzalo Jiménez, CNN en Español
Otros juguetes, un niño y dos coleccionistas sin escrúpulos: esos han sido los villanos en la franquicia de “Toy Story” de Pixar. Pero en la nueva entrega actualmente en cines, “Toy Story 5”, el antagonista es una tableta. Una pantalla puede volver irrelevantes a los juguetes en la vida de un niño.
Esa es la premisa de la cinta: Bonnie, de 8 años, recibe de regalo una tableta denominada Lilypad y de inmediato capta toda su atención, al igual que sucede con sus amigas. Esta situación obliga a los juguetes Jessie, Buzz Lightyear y compañía a contactar a Woody para que regrese y los ayude a recuperar el interés de Bonnie.
Es ficción, pero esta historia toca de cerca a los padres contemporáneos; podría incluso decirse que del último medio siglo, pues ya a finales de los años 50, la introducción de la televisión em muchos hogares desvió la atención de muchos niños de la actividad física y sus juguetes preferidos.
Virginia Calderón, piscóloga establecida en Madrid, explica que “el uso de las pantallas sí puede generar un abandono de los juguetes tradicionales y afectar el proceso de socialización en los niños. Pero su impacto va a depender del tiempo de exposición, la edad de inicio y si hay o no la presencia de un adulto que regule y acompañe. A menor edad, mayor tiempo de exposición y la ausencia de un adulto, el efecto negativo se potencia”.
He allí una clave: la figura del padre que pone límites al tiempo en pantalla. Beatriz Castro, editora de textos en una revista española y madre de un niño, confiesa que durante la infancia de su hijo nunca hubo problemas con las pantallas. “No éramos una casa sin pantallas pero siempre hubo (incluso sigue habiéndolo) un equilibrio entre juego tradicional y el uso de nuevas tecnologías. Mi hijo de pequeño amaba jugar con sus dinosaurios, a los coches y con los legos”, dijo.
“También intentamos hacer excursiones o salidas al parque todos los días. Creo que la clave en nuestro caso ha estado en ese balance. Puede ver un rato de tele pero también hay que tener un tiempo de juego sin pantalla”, añadió Castro.
El hijo de Beatriz tiene ahora 11 años, esa edad fronteriza en la que jugar es sinónimo de deporte. “Ya ha dejado de jugar en casa y, si no sale a jugar a la cancha con sus amigos, prefiere ver pelis o jugar en la Nintendo. Pero, sobre todo en el caso de la Nintendo, tiene horarios específicos y tiempo de uso. No tiene tablet ni móvil. Y creo que eso ayuda”.
Los juguetes o el simple hecho de jugar con otros niños cumple una labor que le ayudará al niño en su futuro. “El desarrollo cognitivo y el proceso de la socialización, requieren un niño activo, curioso, que interactúe con su entorno y con otros para aprender a resolver conflictos, comunicarse, tener empatía, negociar, esperar turnos y experimentar emociones en su interacción con otros niños o personas”, explica Calderón.
Liza López, profesora en la Univesidad Central de Venezuela, líder de emprendimientos periodísticos y madre de un niño de 11 años, comparte un video en el que su hijo ve el televisor un programa sobre cohetes y trasbordadores espaciales mientras construye una répica con piezas de Lego. La combinación de tecnología con un juguete tradicional.
“Él es muy aficionado a las construcciones, sobre todo con ladrillos de Lego. Y hace cosas insólitas como refinerías petroleras, cohetes, aviones. Él usa las pantallas del televisor o de un celular para investigar en YouTube o en Google. A veces se tropieza con algunos videos cortos y tengo que estar muy atenta, supervisando el tipo de contenidos que él ve”, aclara López, quien agradece que su hijo no ha mostrado por ahora interés por los videojuegos, por lo que su tiempo en pantalla es relativamente corto en comparación amigos de su edad.
Tener vida fuera de la conexión digital es clave para López: “Vamos a parques, salimos a las plazas, buscamos juegos de mesa para que él se conecte también con juegos manuales, como nos sucedió a nosotros en nuestra infancia”.
Allí parece estar la clave. Castro, por ejemplo, revela que ella lleva consigo lo que llama un “kit de diversión”, que incluye libros de pegatinas, algo para colorear y “jueguitos pequeños tipo IQ, incluso libros de lectura”. Añade: “Si vamos a un restaurante o a alguna sala de espera es la mejor forma de evitar que pida pantallas si ‘se aburre’”.
Hay, por supuesto, una explicación para ello. “Los niños que pasan muchas horas con dispositivos electrónicos pueden sentirse aburridos y frustrados con los juguetes tradicionales ya que no les brindan una recompensa inmediata y fácil”, explica Calderón.
Los dispositivos electrónicos “producen un exceso de estimulación y gratificaciones inmediatas sin que el niño haga mayor cosa. Es decir, todo fácil y rápido, estimula el sedentarismo e inhibe la exploración sensorial del mundo real y la curiosidad”, añade.
Lo que plantea “Toy Story 5” es la importancia del equilibrio entre el juego físico, que activa la imaginación, y el uso de las pantallas, que lucen inevitables en el mundo contemporáneo.
“Los juguetes tradicionales dan lugar a la adquisición y desarrollo de todas estas habilidades, pues requieren a un niño activo, fomentan la creación de historias, la observación y la concentración profunda, el uso de la imaginación y la inclusión del cuerpo que es muy importante”, concluye Calderón. He allí la clave.
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