El consumo de drogas más antiguo conocido pudo haber atrapado a los recolectores prehistóricos en un “círculo vicioso”

Por Ashley Strickland, CNN
Los restos prehistóricos de dos recolectores hallados en la isla indonesia de Sulawesi contienen indicios reveladores de que los humanos comenzaron a consumir una droga que altera la mente miles de años antes de lo que se creía.
La nuez de betel, semilla del fruto de la palmera de areca, se considera la cuarta sustancia psicoactiva más consumida del mundo, después de la cafeína, el alcohol y la nicotina.
Actualmente, aproximadamente una de cada diez personas —principalmente en Asia y el Pacífico— practica la costumbre de masticar una mezcla de nuez de betel procesada y cal apagada.
La cal apagada, también conocida como hidróxido de calcio, es esencial para desencadenar una reacción química que acelera la absorción en el torrente sanguíneo de la arecolina, un compuesto psicoactivo. Al masticar esta mezcla, los usuarios experimentan una euforia leve y un estado de alerta intensificado.
Pero, ¿cuándo empezaron los humanos a experimentar con sustancias psicoactivas?
“Durante mucho tiempo, los arqueólogos han creído que las primeras tradiciones de consumo de drogas surgieron hace unos 13.000 años, cuando los cazadores-recolectores nómadas comenzaron a domesticar plantas y a establecerse permanentemente en un lugar como agricultores”, escribió en un correo electrónico Adam Brumm, profesor de arqueología del Centro de Investigación Australiano para la Evolución Humana de la Universidad de Griffith.
Durante la llamada Revolución Neolítica, los agricultores de lo que hoy es Israel elaboraron por primera vez cerveza a partir de cebada. Asimismo, evidencias anteriores sugerían que el consumo de nuez de betel en el sudeste asiático se remontaba a hace 4.000 años.
Sin embargo, el equipo de Brumm ha descubierto pruebas de que los recolectores prehistóricos chupaban nueces de betel enteras hace entre 25.000 y 16.000 años. Esta práctica podría representar el ejemplo más antiguo conocido de consumo de drogas por parte de los humanos, el cual evolucionó hasta convertirse en la costumbre de masticar nuez de betel que sigue siendo tan popular en nuestros días.
Brumm —autor principal de un nuevo estudio publicado el miércoles en la revista Science Advances— y sus colegas sostienen que, aunque menos potentes que las mezclas preparadas, las nueces de betel enteras actuaban como analgésico, pero desencadenaban una reacción en cadena que provocaba más dolor.
“Los nuevos hallazgos en Sulawesi sugieren que las comunidades de cazadores-recolectores de algunas partes del mundo no solo utilizaban sustancias vegetales psicoactivas mucho antes de lo que se pensaba, sino que también desarrollaban dependencia de sus propiedades neuroactivas y sufrían las consecuencias negativas de su consumo prolongado”, dijo Brumm.
En 2017, el equipo de Brumm desenterró varios restos en Leang Bulu Bettue, una cueva de piedra caliza situada en el paisaje kárstico montañoso de Maros-Pangkep, en el sur de Sulawesi.
El fragmento de mandíbula superior pertenecía a un adulto —identificado como un recolector de la era preagrícola— que vivió hace entre 25.000 y 16.000 años. Tres de los dientes aún se conservaban y, curiosamente, dos de ellos presentaban surcos profundos y redondeados, señaló Brumm.
Los restos prehistóricos no se conservan bien en entornos tropicales como el de Sulawesi, lo que convierte a este maxilar en un hallazgo excepcional.
Un equipo de investigación independiente que trabajaba a unos 33 kilómetros de distancia, en otro yacimiento en cueva llamado Leang Cappolombo, halló los restos de otro adulto recolector con los mismos surcos característicos en los dientes, aunque datados entre hace 7.600 y 6.300 años. Este descubrimiento también se produjo en 2017, pero el equipo de Brumm no tuvo la oportunidad de estudiar los dientes hasta hace tres años.
Según los investigadores, ambos individuos tenían al menos 35 años —o más— en el momento de su muerte.
El patrón de desgaste dental observado en los dientes de estos cazadores-recolectores no se asemejaba a las evidencias previas del hábito de masticar nuez de betel. En su lugar, los investigadores determinaron que los surcos se habrían formado probablemente al chupar habitualmente objetos duros y redondos, como nueces de betel enteras.
El equipo también analizó el tejido dental y detectó rastros de arecolina, el principal compuesto químico analgésico presente en las nueces de betel.
“Estos grupos de cazadores-recolectores tenían una mala salud dental, por lo que es probable que chupar la nuez fuera un remedio medicinal tradicional para el dolor de muelas”, señaló Brumm. “Sin embargo, estas semillas redondas y duras son objetos abrasivos. Chupar las nueces regularmente durante periodos prolongados desgastaba la dentadura de los usuarios de forma tan severa que la sensible cámara pulpar interna —el ‘núcleo vivo’ del diente— quedaba expuesta”.
El dolor provocado por las cámaras pulpares expuestas habría sido intenso, dificultaba la alimentación y propiciaba que la infección se extendiera a las raíces de los dientes e incluso al hueso de la mandíbula, añadió Brumm.
“En este punto, sospechamos que estas personas sufrían una adicción patológica a chupar la nuez de betel para tratar el dolor bucal causado por esta misma práctica cultural”, dijo Brumm. “En efecto, estaban atrapadas en un círculo vicioso”.
Al no contar con cal apagada potente para activar el efecto psicoactivo de la nuez, Brumm y su equipo se preguntaron qué efectos alteradores de la mente habrían experimentado estos grupos.
El equipo puso a remojar nueces de betel en saliva artificial —una solución salina combinada con enzimas que ayudan a descomponer los alimentos— para realizar un análisis bioquímico. Los científicos probaron los “caldos” resultantes en receptores humanos clonados —incluidas proteínas que regulan la actividad neuronal— que habían sido incorporados en óvulos de rana.
“Esto demostró que el simple hecho de chupar nueces de betel intactas libera arecolina en cantidades suficientes para producir un efecto fisiológico y alterar la función cerebral”, dijo Brumm.
Los autores del estudio señalaron que chupar nueces de betel es una práctica cultural arraigada desde hace miles de años en las tradiciones de los grupos de cazadores-recolectores.
“Los nuevos datos sitúan la práctica de chupar nueces de betel en un contexto social muy diferente”, escribió en un correo electrónico el Dr. Mario Zimmermann, profesor clínico adjunto de la Universidad Estatal de Boise (Idaho) y arqueólogo especializado en paleoetnobotánica, una ciencia que se basa en el análisis de restos vegetales antiguos para determinar cómo las poblaciones utilizaban la flora. Zimmermann no participó en el nuevo estudio, pero actuó como revisor por pares durante el proceso editorial.
“Los resultados obtenidos por nuestro equipo el año pasado confirmaron su uso temprano en una sociedad jerarquizada de la Edad del Bronce”, comentó Zimmermann.
Sin embargo, el nuevo estudio aporta pruebas de un uso habitual de la nuez de betel entre iguales, añadió.
Los autores del estudio plantean la hipótesis de que esta práctica pudo haber evolucionado hacia la masticación de la nuez de betel hace 4.000 años, cuando los primeros pobladores neolíticos —conocidos como austronesios— colonizaron Sulawesi durante la expansión de las sociedades agrícolas desde Taiwán.
“Creemos que los agricultores austronesios vieron a los habitantes originarios de Sulawesi chupar nueces de betel, adoptaron la costumbre e introdujeron su propia innovación: masticar las nueces junto con cal apagada”, explicó Brumm. “Cabe destacar que estos primeros agricultores ya utilizaban esa sustancia para elaborar cerámica”.
Brumm probó a chupar una nuez de betel para experimentar lo que sentían los cazadores-recolectores prehistóricos y describió la experiencia como “claramente desagradable” debido al líquido astringente que se libera durante el proceso.
No obstante, experimentó una sensación de entumecimiento en la boca, lo que habría proporcionado a los cazadores-recolectores un alivio temporal del dolor de muelas, aun cuando perjudicara su salud dental.
La investigación ayuda a poner de relieve cómo el consumo de sustancias no alimenticias ha formado parte de la experiencia humana desde hace mucho tiempo, señaló Zimmermann.
“No ingerimos cosas únicamente para saciar el hambre o la sed”, dijo Zimmermann. “Desde hace decenas de miles de años, los seres humanos consumen productos de origen vegetal y animal con fines diversos, como aliviar el dolor, aumentar la resistencia, facilitar la interacción social o sumergirse en realidades alternativas”.
Ahora, Brumm quiere investigar la antigüedad de otros hábitos comunes relacionados con el consumo de sustancias.
“Emborracharse con frutas fermentadas no es algo exclusivo de los humanos; las aves también lo hacen”, señaló Brumm. “Sospecho que los grupos de cazadores-recolectores de diversas partes del mundo elaboraban y consumían bebidas fermentadas mucho antes de la aparición de la agricultura neolítica, hace unos 13.000 años”.
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