Un sacerdote y una monja se enamoraron, dejaron la Iglesia y empezaron de nuevo. Así es su vida 30 años después
Por Karen Esquivel, CNN en Español
María de las Mercedes Tarragona y Daniel Rubén Genovesi se conocieron en una fiesta parroquial en Firmat, en la provincia argentina de Santa Fe, en 1991. Él era sacerdote, ella monja y estaba a un paso de hacer sus votos perpetuos.
En aquella fiesta —en la que Daniel ganó un premio y Mercedes le llevó un pastel— apenas se miraron, pero ese fue el inicio de charlas que se volvieron imprescindibles, una intimidad nueva que no sabían nombrar y sentimientos que no habían experimentado. También llegaron las reglas incumplidas y el vértigo de descubrir que, por primera vez en mucho tiempo, el camino no lo marcaba un horario ni una promesa, sino algo más difícil de ordenar: el corazón.
Hoy, 30 años después, siguen juntos. Mercedes lo dice sin dudar: Daniel es lo más importante de su vida y para él, ella ocupa ese mismo lugar.
Cuando Mercedes tenía 13 años vio pasar a un grupo de monjas cerca de su casa y salió detrás de ellas. Ellas tenían un colegio secundario en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, y le pidió a su mamá que la dejara ir.
“Al principio ella no quería porque me decía: ‘¿Cómo te vas a ir si estás muy chiquita’. Pero ella se acordó que cuando yo nací muy chiquita me había encomendado a la Virgen de la Merced, le pidió que me dejara con vida”, cuenta a CNN. Al recordar eso, la dejó ir para cumplir con su promesa que, si algún día la Virgen la necesitaba, podía buscarla.
Estudió la secundaria en el colegio de monjas y después ingresó al convento. “Para mí ese era un espacio seguro, algo que no sentía en mi familia porque mi casa era muy desordenada con la energía sexual, mi abuelo me molestaba”, agrega.
El caso de Daniel fue diferente. Aunque tuvo los sacramentos tradicionales (la comunión y la confirmación), y en ocasiones iba a la iglesia, no se trataba de un valor muy importante para él. Pero ingresó a un grupo de jóvenes en el que se leía el Evangelio, hacían actividades y acudían a misa los domingos por la mañana hasta que un día sintió una especie de llamado.
“Estando en una de esas misas —dice a CNN— me vino el pensamiento: ‘No tendré que ser sacerdote’, así nada más. No hubo francamente más preguntas, ni había algún sacerdote al que yo admirara […] Un día iba caminando y le dije a Dios: ‘Si querés que sea sacerdote, haz que me den un pase’ porque había unos chicos jugando cerca, pero la pelota llegó a mis pies”.
Después de esa señal fue a un encuentro vocacional con varios jóvenes y ahí empezó el camino del sacerdocio a los 16 años. “Me sentí aliviado, contento con esa decisión”, relata.
Después del primer acercamiento en la fiesta parroquial, Daniel, de 27 años y Mercedes, de 23, se encontraron en otra iglesia, conversaron y él la invitó a ser parte del grupo de jóvenes con el que Daniel trabajaba. “En ese momento pensé: qué lindo amigo podría ser”, recuerda Mercedes, quien entonces tenía 23 años.
“Nos vimos y comenzamos a conversar y casi se dio una inclinación natural porque las otras personas eran más grandes y nosotros éramos más jovencitos. Platicamos y tomamos café”, dice Daniel sobre ese segundo encuentro.
Mercedes —ahora de 57 años— cuenta que ambos tenían el mismo ánimo de renovar la institución, poner todo su empeño y fuerzas en hacer brillar algunos aspectos quizá, algo que atribuye a la juventud de ambos.
“Vos querés salvar el mundo, salvar el planeta y claro, me encontré con esta persona que vibraba como yo, que igual quería trabajar con jóvenes, nos reuníamos en grupo con vino y pan, todas esas cosas re lindas que me sonaban […] Yo siempre he valorado mucho las pláticas con Daniel y pensé que podía tener un amigo de verdad, un amigo del alma”, dice Mercedes.
El sentimiento era recíproco. Daniel —hoy con 61 años— cuenta que le gustaba estar con ella, que sentía que lo complementaba y tenerla a ella para hablar lo hacía sentir que tenía una compañera dentro del estilo de vida que había elegido: el celibato.
Ya había pasado casi un año desde que comenzaron a trabajar juntos, tenían largas pláticas en persona y por teléfono que se extendían cada vez más. Nunca habían tenido pareja y nombrar lo que sentían no fue fácil.
Reconocer que estaban enamorados surgió “de forma sutil”. Él quería pasar más tiempo con Mercedes, quería hablar más con ella, de pronto sus manos se tocaban. Y ella empezó a romper pequeñas reglas: las monjas no podían mirar a los hombres a los ojos, pero ella lo hacía con Daniel y tampoco le hablaba de “usted”.
El amor surgió poco a poco, pero hubo momentos clave.
“Una mañana de Navidad yo estaba en el obispado y me vino un impulso, unas ganas de llamarla al convento, pero me pregunté qué iba a decirle, porque siempre que hablábamos era por alguna tarea. Algo se me tenía que ocurrir, pero simplemente la llamé y ahí detecté algo”, recuerda Daniel.
Para Mercedes, fue una meditación que él le entregó. Tenía que imaginarse una vida con casa, esposo e hijos y después despedirse de cada cosa.
“Cuando elegía cada cosa, me veía con él. Yo en la meditación pude despedirme de mis hijos, de mi casa, pero no me pude despedir de Daniel. Fue algo que me llamó la atención porque claramente vi que había algo más fuerte”, detalla Mercedes.
Ella le reveló lo que había sentido y ambos empezaron a bloquear lo que estaba pasando y decidieron hacerse una promesa debido a que cada uno había tomado una decisión de servicio.
Daniel y Mercedes creyeron que lo que les estaba pasando era algo íntimo, pero otras personas dentro del convento y la diócesis se dieron cuenta de lo que pasaba.
Sin embargo, ambos coinciden en que esa sanción los unió en la “clandestinidad de mutuo apoyo” y tejieron aún más el afecto.
La congregación envió a Mercedes a otro convento en la ciudad de Gualeguaychú, cerca de la frontera con Uruguay, y le prohibieron seguir en contacto con él, pero antes de que eso pasara se reunió con Daniel en una iglesia: ahí se dieron el primer beso de sus vidas y de su relación.
Con el traslado de Mercedes llegó otra decisión: salir de la congregación. En medio de esa situación, otras monjas la cuestionaban, incluso algunas dejaron de hablarle.
En ese momento de soledad, encontraron la manera de comunicarse. En ocasiones, él llamaba al convento para hablar con ella, pero le negaban la comunicación argumentando que estaba ocupada. Un día, él fingió ser un tío y así logró hablar con ella, esa fue uno de algunos métodos que encontraron para no distanciarse completamente.
Finalmente, Mercedes salió de la congregación y se fue a vivir a la ciudad donde estaba Daniel.
Estar en la misma ciudad y sin las restricciones del convento hizo que el vínculo entre ambos creciera rápidamente, pero él aún era sacerdote y ella estaba enamorada.
“Yo también estaba enamorado, pero seguía sin registrarlo. Ella ya había dado pasos grandes porque había salido de la congregación, tenía que rearmar su vida. Yo seguía trabajando en la iglesia con el obispo”, expresa Daniel.
Además, Mercedes recibió ofertas de dinero por parte del obispo para que se fuera de la ciudad y se alejara de Daniel.
Por aquellos días, la madre de Daniel enfermó y él estuvo con ella entre hospitales y clínicas, un episodio que le permitió reconectar con sus sentimientos como persona, alejado de la iglesia.
Corría el año de 1993 cuando Daniel dejó los hábitos. Cuenta que no sintió culpa, solo un sentimiento de libertad y de hacer lo que el corazón le dictaba. Un día se reunió con ella y le propuso unir sus vidas.
“Te propongo que compartas la vida conmigo”, dice Daniel y Mercedes agrega: “Yo le dije: ‘no, la vida ya la compartimos’”.
Con la decisión tomada, empezaron una vida desde cero. Los primeros meses vivieron en un pequeño departamento en Venado Tuerto. Improvisaron una ceremonia íntima con una cruz y en presencia de una amiga llamada Pepita, se prometieron amarse para siempre.
“No había proyecto más que el de estar juntos”, dice Daniel.
Pero las piezas del rompecabezas comenzaron a acomodarse. Una persona le ofreció trabajo en Buenos Aires. Poco después, él cursó la licenciatura en Psicología y ella la carrera en Ciencias de la Educación.
Más de un año después, Mercedes estaba embarazada, pero el bebé fue prematuro y vivió solo un par de horas. Luego, llegaron sus dos hijas: María Carla, hoy de 30 años, y Camila, de 27.
Daniel empezó en 1994 el proceso formal para dejar de ser sacerdote, pero el Vaticano decidió que no resolverían el caso hasta 2004 argumentando, señala Daniel, que “hasta que la persona tenga 40 años, las decisiones son volubles y cambiantes”.
Su vivencia como sacerdote llevó a Daniel a escribirle una carta al papa Francisco en la que le preguntaba qué haría con aquellos que habían dejado de ser sacerdotes.
El pontífice respondió diciéndole que lo que exponía era real y lo recibía como un llamado de Dios a buscar caminos.
Siete meses después de dejar los hábitos, Daniel volvió a sentir el llamado vocacional, pero no sabía cómo integrarlo puesto que estaba casado y tenía una familia. Pero se abrió una puerta cuando conoció la Iglesia anglicana (Iglesia episcopal en EE.UU.), que bajo la visión cristiana combina elementos católicos con principios protestantes y permite el matrimonio.
“Mercedes y yo comenzamos a participar en la Iglesia, nos casamos en la iglesia en julio de 2001 y dos años después recibí la licencia para trabajar como sacerdote y me desempeñé como párroco en la provincia de Buenos Aires unos 15 años”, precisa Daniel.
Luego recibió una invitación para continuar con el Ministerio en la diósesis de Kansas, Missouri, donde ahora vive con Mercedes y su hija menor.
“Ahora, a mis 61 años, siento que estoy aprendiendo todo de nuevo, hay mucho que puedo hacer, es altamente renovador”, agrega.
Después de todos estos años, Mercedes reflexiona que su fe no está ligada a la Iglesia, sino a Dios y con eso, dice, se siente tranquila y en paz.
Daniel convirtió su relato en un libro que tituló “El silencio de los ángeles. Historia de un amor imposible”, que se publicó hace un par de años en Argentina. Cuando se le pregunta por qué decidió nombrarlo así, toma el libro y lee un fragmento inicial:
“Cada vez que muere un ángel hay una extraordinaria irradiación de energía que permite que se cumplan los deseos imposibles. Pero ningún ángel puede morir a menos que lo decida él mismo. Y eso sólo ocurre cuando ve que un deseo humano vale su sacrificio. Entonces el ángel irradia su máximo esplendor y se entrega a sí mismo como bendición. Los otros ángeles contemplan esto en respetuoso silencio. Cuando los ángeles callan, el cielo sabe que se ha abierto una puerta que da lugar a que surja lo imposible en la oscuridad de la noche. Esto se observa como la caída de una estrella fugaz. La costumbre de pedir un deseo al ver ese acontecimiento es el recuerdo intuitivo que poseemos de este conocimiento olvidado”.
Ahora, 30 años después de reconocer lo que nunca habían sentido y comenzar una vida juntos, se miran con respeto y amor profundo. “Daniel es mi todo, si hago esa reflexión de nuevo, podría despedirme de la casa y de los hijos, pero no de él”, afirma Mercedes.
Para él, ella es la mujer más importante de su vida: “A la hora de tomar decisiones, ella está siempre primero”.
Treinta años después, el amor entre Daniel Genovesi y María de las Mercedes Tarragona no aparece como una reliquia de juventud ni como una hazaña que se cuenta una sola vez: está en lo cotidiano, en la forma en que se miran y se nombran, en la decisión —renovada— de seguir del mismo lado.
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