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¿Para qué sirvió todo esto? El acuerdo entre Estados Unidos e Irán cierra el círculo entre acérrimos rivales

Análisis por Nick Paton Walsh, CNN

Se acerca el plazo de 60 días para que Irán llegue a un acuerdo nuclear, bajo la amenaza del uso de la fuerza militar estadounidense, mientras el presidente Donald Trump afirma que espera un acuerdo a pesar de la postura desafiante de los líderes iraníes y la presión de Israel para que se emprenda una acción militar.

¿Les suena familiar? Si bien el déjà vu es técnicamente una ilusión, lo anterior ya ocurrió antes. Es la misma situación que se vive hoy en Medio Oriente, y que en abril de 2025, semanas antes de los primeros ataques israelíes contra Irán el año pasado y del ataque estadounidense a sus instalaciones nucleares. El último año puede parecer un ciclo en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, que nos lleva de vuelta al mismo punto, pero la trayectoria ha caído en picada, tanto para Estados Unidos como para la región en su conjunto.

En resumen: en marzo de 2025, Trump le escribió al entonces líder supremo, el ayatola Ali Jamenei, y le sugirió un plazo de dos meses para alcanzar un acuerdo nuclear, o de lo contrario se recurriría a la fuerza.

Su enviado, Steve Witkoff, viajó a Omán en abril de 2025 para impulsar la diplomacia. Todo el proyecto se desmoronó cuando la “Operación León Ascendente” de Israel impuso el uso de la fuerza como única vía de actuación el 13 de junio. A continuación, se desató una guerra de 12 días en la que Israel desmanteló gran parte del aparato de seguridad iraní y afirmó haber dañado su capacidad misilística. Posteriormente, Estados Unidos atacó el programa nuclear iraní y afirmó haberlo “aniquilado”.

Tras la pérdida de miles de vidas en los últimos tres meses —más de 3.000 en Irán, aproximadamente la mitad de ellas civiles, según grupos de monitoreo, y más de 3.600 en el Líbano, muchas de ellas también civiles, según su ministerio de salud— intentar replicar lo ocurrido en junio del año pasado parece brutalmente, si no tontamente, repetitivo.

Sin embargo, Trump ha intentado esencialmente lo mismo en dos ocasiones. Y en ambas terminó involucrado en una acción militar impulsada por el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Trump salió de las dos campañas militares proclamando éxito y asegurando que se había infligido un daño significativo a Irán, una evaluación que algunos sectores de la propia comunidad de inteligencia estadounidense ponen en duda. Aun así, la naturaleza del nuevo plazo de 60 días —aparentemente incluido en el memorando de entendimiento— sugiere que el ciclo podría repetirse una vez más.

Para esta Casa Blanca quedan dos preguntas clave: ¿qué se ha ganado con el último año de violencia en Medio Oriente, y cada ciclo de violencia ha hecho que la posibilidad de que Irán desarrolle un arma nuclear sea mayor o menor?

La segunda pregunta es más fácil de responder. Irán, sin duda, tras la muerte de su líder supremo y gran parte de su gabinete de seguridad, junto con el ataque a su arsenal convencional, desearía un arma nuclear más que nunca. Sin embargo, es probable que esté más lejos de su alcance que en abril de 2025, cuando el enriquecimiento de uranio iraní estaba en su punto máximo, las instalaciones intactas y la mayoría de los expertos científicos aún activos.

Ahora, cualquier bomba ahora tendría que fabricarse a toda prisa bajo la intensa vigilancia de Estados Unidos e Israel, con material o equipo enriquecido recuperado de entre los escombros. Es importante recordar que las capacidades de Irán fueron subestimadas antes de los ataques estadounidenses e israelíes del 28 de febrero. Pero construir una bomba representa un nivel de sofisticación completamente nuevo, y sería improbable, aunque no imposible, que Teherán lograra hacerlo en su actual momento de crisis y tensión.

La primera pregunta, la más general, es más compleja, pero su respuesta ofrece poco consuelo a esta Casa Blanca.

Trump ahora se enfrenta a los herederos, o sucesores, de sus enemigos fallecidos, y debe esperar que la violencia y el dolor los hayan vuelto más receptivos a un acuerdo. El líder supremo Mojtaba Jamenei —cuya herida en el ataque que acabó con la vida de su padre, su esposa y su hijo es a menudo mencionada con desdén por Trump— parece un candidato poco dispuesto a encarar una rápida reconciliación. Estados Unidos se enfrentó al mismo problema en Afganistán, donde las interminables incursiones nocturnas contra los líderes talibanes dejaron a hijos furiosos y vengativos al mando, y a menos ancianos relativamente moderados cuando llegó el momento de negociar.

La lección de los ataques de decapitación no se tuvo en cuenta en los atentados de febrero y marzo: Israel y Estados Unidos o bien desconocían quién reemplazaría a los líderes que murieron, no les importaba o preferían eliminar a los moderados. El proceso de sucesión ha dejado a Irán con más intransigentes en el poder, o al menos con la capacidad de ejercer influencia en el caos y la ansiedad que generan las medidas de seguridad de las que depende el liderazgo iraní simplemente para sobrevivir. Los humillantes anuncios intermitentes de un acuerdo parcial son prueba de ello. Trump ha tenido que admitir que la cadena de mando iraní es caótica, lo que complicado el acuerdo en objeto de unas 40 declaraciones sobre lo cerca que está de concretarse.

Irán ha sufrido daños, no cabe duda. Sus líderes deben estar muy nerviosos, abatidos por el dolor, durmiendo mal y castigados por las sanciones y los ataques aéreos. Pero Estados Unidos también ha sufrido daños, en cuatro aspectos clave.

En primer lugar, la disuasión militar estadounidense parece menos efectiva que hace cuatro meses. Según el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM, por sus siglas en inglés), se han alcanzado más de 13.000 objetivos. Sin embargo, la capacidad de Irán para sembrar el caos mediante drones, minas y misiles sigue siendo un temor palpable para Estados Unidos y sus aliados: no tanto por los daños materiales, sino por el daño económico derivado de los altos precios de los hidrocarburos y la recesión energética mundial. La limitada tolerancia de Estados Unidos al sufrimiento ha quedado al descubierto: realmente no puede soportar más meses de precios elevados del gas. Los sectores más intransigentes de Irán, por otro lado, están dispuestos a jugar con la posibilidad de reanudar los bombardeos aéreos y atacarlos con municiones de precisión.

En segundo lugar, la relación de Estados Unidos con un aliado regional clave, Israel, se ha visto gravemente afectada. Netanyahu comenzó en febrero, al parecer, convenciendo a Trump de la idea de un ataque rápido. Según informes de Axios, en junio recibió llamadas cargadas de insultos, en las que Trump afirmó que el líder israelí estaría en prisión sin su ayuda. Estados Unidos, ampliamente criticado bajo la presidencia de Biden por no frenar los brutales excesos israelíes en Gaza, ahora intenta limitar la acción israelí para abordar el desafío de seguridad más existencial que enfrenta al norte con Hezbollah. Esto, en sí mismo, constituye un giro sorprendente.

En tercer lugar, Irán ha extendido su protección a Hezbollah, su aliado en Líbano, tras el ataque israelí del 7 de junio contra el suburbio de Dahieh, al sur de Beirut, zona controlada por Hezbollah. Según analistas, fue la primera vez que Irán atacó a Israel por atacar a otro país. La idea de que Irán sea un protector puede parecer ridícula para muchos libaneses, dado que Líbano se vio arrastrado al conflicto por las acciones imprudentes de la milicia aliada cuando se unió a la guerra de Irán contra Israel en marzo. Sin embargo, el ataque iraní del 7 de junio demostró la máxima confianza estratégica de Teherán, cuando en realidad debería estar en un punto bajo.

En cuarto lugar, está el daño a la reputación personal de Trump. Ha iniciado una guerra por propia voluntad que ha mermado el apoyo de su base política MAGA, ha afectado gravemente la economía estadounidense antes de las elecciones de mitad de mandato, le ha impedido presentarse como el pacificador aspirante al Premio Nobel y lo ha dejado con una imagen de desesperación por lograr que los iraníes vuelvan a aceptar la diplomacia, la cual ha interrumpido dos veces con bombardeos.

No cabe duda de que Estados Unidos conserva su poderío militar. La cuestión —a medida que nos adentramos en el que probablemente sea el mismo ciclo de 60 días de negociaciones previos a una acción militar— es si su política de repetir lo mismo es acertada, o si ha dejado a Medio Oriente, Israel y Estados Unidos menos seguros, y exige un cambio radical.

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