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El Sena pasó de ser un río contaminado a convertirse en el nuevo lugar de moda para nadar en París

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Telemundo 15
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Por Camille Knight, CNN

Si visitas París este verano, quizá quieras incluir un baño en el río Sena en tu itinerario. Y, después del intenso calor que ha vivido la ciudad en las últimas semanas, es posible que incluso lo necesites.

París acaba de registrar el día más caluroso de su historia, con temperaturas que alcanzaron los 40 grados Celsius a finales de junio. Con una tercera ola de calor prevista para la próxima semana, la apertura de tres zonas habilitadas para nadar en el río llega en el momento ideal.

A partir de este sábado, tanto los parisinos como los turistas podrán darse un refrescante baño en el Sena por segundo verano consecutivo. Una prohibición que estuvo vigente durante más de un siglo ha dado paso a lo que rápidamente se está convirtiendo en una nueva tradición del verano parisino.

La apertura de esta temporada, prevista para el sábado, coincide con la conmemoración de los 250 años de amistad entre Francia y Estados Unidos. Para los visitantes estadounidenses, probablemente no haya una forma más representativa de celebrar el 4 de julio en París que sumergiéndose en las aguas del Sena.

Aunque muchas personas consideran que nadar en el río es una novedad moderna, París mantiene una larga y compleja relación con el Sena.

Todo comenzó en el siglo XVII como una práctica informal en la que las personas se bañaban desnudas desde las orillas inclinadas del río. Esa costumbre fue prohibida en 1716 por motivos previsibles de decoro público. Más adelante, en el siglo XVIII, la restricción dio paso a los llamados baños flotantes: embarcaciones de fondo plano cubiertas con lonas, desde las que los bañistas descendían por escaleras interiores para nadar directamente en la corriente del río dentro de un área delimitada y considerada segura.

En el siglo XIX, bañarse dejó de ser simplemente una forma de refrescarse para convertirse en una importante actividad social y deportiva. Los establecimientos más exclusivos ubicados a orillas del Sena ofrecían restaurantes, cafeterías y clases de natación. Uno de ellos, la Piscine Deligny, se transformó en uno de los lugares más elegantes de la ciudad y, con el tiempo, fue sede de competencias de natación durante los Juegos Olímpicos de París de 1900.

La época dorada del río comenzó a desvanecerse a comienzos del siglo XX. Una serie de ahogamientos y accidentes relacionados con el tráfico fluvial llevó al Gobierno de Francia a imponer una prohibición total para nadar en el Sena en 1923.

La Piscine Deligny logró sobrevivir a esa prohibición al reconstruirse como una piscina flotante con agua filtrada, separada de la del río. Continuó siendo una institución emblemática de París hasta que se hundió misteriosamente en 1993. Mientras tanto, en otros puntos de la ciudad, los baños no autorizados continuaron, especialmente durante los períodos de calor, y una competencia de natación de larga distancia que se celebraba desde 1905 siguió realizándose pese a la oposición de las autoridades.

Pero el verdadero fin de la tradición de nadar en París no se debió a las normas o las prohibiciones, sino a la contaminación.

La calidad del agua sufrió un deterioro catastrófico durante la segunda mitad del siglo XX. En la década de 1970, el Sena era, en la práctica, un enorme colector de aguas residuales: más de la mitad de las aguas residuales de la región se vertían directamente al río sin tratamiento.

El impacto sobre su ecosistema fue casi irreversible y, para 1970, el río estaba biológicamente muerto. Su población de peces se había reducido a apenas tres especies resistentes.

Los esfuerzos serios para revertir ese deterioro comenzaron a mediados de la década de 1980 y dieron origen a una promesa política que perseguiría durante años a los líderes de Francia. En 1988, el entonces alcalde de París, Jacques Chirac, quien buscaba la reelección, prometió que en un plazo de tres años nadaría en el Sena ante testigos para demostrar que el río estaba limpio.

Chirac repitió esa promesa en televisión en 1990, pero nunca la cumplió, lo que la convirtió en un motivo recurrente de bromas. El Sena siguió siendo un río persistentemente contaminado. Incluso en 2013, el triatlón de París tuvo que cancelarse porque la calidad del agua representaba un riesgo para los atletas.

La promesa incumplida de Chirac resurgió finalmente en 2016, cuando la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, la retomó como parte de la candidatura de la ciudad para los Juegos Olímpicos de 2024. Esta vez fueron necesarios más de 1.000 millones de euros y un gigantesco proyecto de ingeniería para modernizar el sistema de tratamiento de aguas residuales de la capital francesa y conectar por primera vez miles de viviendas situadas junto al río a la red de alcantarillado.

La pieza central del proyecto es un enorme depósito, en gran parte subterráneo, excavado cerca de la Gare d’Austerlitz. La estructura consiste en un gigantesco cilindro de hormigón de 50 metros de diámetro y 30 metros de profundidad, sostenido por pilares que se extienden a gran profundidad en el subsuelo, con capacidad para almacenar 50.000 metros cúbicos de agua de lluvia, un volumen equivalente al de unas 20 piscinas olímpicas.

Como el sistema de alcantarillado de París, construido durante la modernización de la ciudad impulsada por Haussmann en el siglo XIX, conduce por las mismas tuberías tanto las aguas pluviales como las residuales, las lluvias intensas provocaban que el excedente se vertiera directamente al Sena. Ahora, ese exceso se desvía hacia el depósito de Austerlitz, donde permanece almacenado bajo tierra hasta que mejoran las condiciones meteorológicas y luego es bombeado de forma gradual hacia plantas de tratamiento ubicadas fuera de la ciudad. Según las autoridades, este sistema ha reducido el número de grandes episodios de desbordamiento de aguas residuales hacia el Sena de 15 al año a aproximadamente dos.

El proyecto se planificó para estar listo antes de las competencias de triatlón y natación de maratón de los Juegos Olímpicos. Aunque algunos atletas informaron haber presentado problemas de salud después de competir, no se confirmó una relación directa con la calidad del agua y, finalmente, se rompió la barrera psicológica de más de un siglo que impedía bañarse en el Sena. A pesar del tradicional escepticismo de los parisinos, unas 100.000 personas acudieron durante la primera temporada abierta al público, en 2025.

Todo el proyecto se planificó para que estuviera listo antes de las competencias de triatlón y natación en aguas abiertas de los Juegos Olímpicos.

Este verano, la ciudad perfeccionó el proyecto y ofrece tres zonas públicas y gratuitas para nadar.

En Bras Marie, bajo el puente Louis-Philippe, construido en el siglo XIX y ubicado cerca de Notre-Dame, los bañistas disfrutan de una de las vistas más emblemáticas del casco histórico de París.

Grenelle, más al oeste, permite nadar con vistas directas a la Torre Eiffel y frente a una réplica a escala de la Estatua de la Libertad.

Bercy, en el este de París, es la mayor de las tres zonas y la mejor opción para quienes buscan entrenar en serio. Una de sus dos piscinas mide 67 metros de longitud y tiene frente a ella la Biblioteca Nacional de Francia.

Conviene hacer una advertencia: este no es el mar Mediterráneo ni la Costa Azul. El agua tiene un tono más cercano al caqui que al turquesa, los nadadores pueden encontrarse con algunos residuos flotando y el olor no siempre es el más agradable. Sin embargo, la experiencia compensa esas incomodidades.

Al igual que en las playas, existe un sistema de banderas para indicar si es seguro nadar. La bandera verde significa que el baño está permitido; la amarilla pide precaución, generalmente por corrientes fuertes o tormentas; y la roja indica que está prohibido ingresar al agua, ya sea por problemas en la calidad del agua o por las condiciones meteorológicas.

El sistema no es perfecto. En julio del año pasado, la bandera verde solo estuvo izada durante 18 de los 31 días del mes. Esto se debe a que la ciudad realiza pruebas diarias en distintos puntos del río para detectar contaminación por aguas residuales, principalmente la presencia de E. coli. Cuando la bandera es roja, las zonas de baño permanecen cerradas durante uno o dos días mientras el río renueva naturalmente su caudal.

Aun así, el impulso parece imparable. Como reflejo de ese renacimiento, la zona de Grenelle albergará este mes pruebas de natación en aguas abiertas y saltos de gran altura del Campeonato Europeo de Natación, la primera vez que París organiza esa competencia desde 1931.

Si la costosa limpieza del Sena valió la pena sigue siendo motivo de debate entre los parisinos. Sin embargo, a medida que una nueva ola de calor se instala sobre la ciudad y las temperaturas vuelven a aumentar, la respuesta podría quedar más clara si cada vez más personas deciden, finalmente, lanzarse al agua.

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