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¿El Mundial fue solo fútbol?: política, polémicas y teorías conspirativas

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Telemundo 15
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Análisis por Mario González, CNN en Español

Por supuesto que no. Un mundial de fútbol es mucho más que un juego de pelota de once contra once. Y la Copa del Mundo 2026 que acaba de concluir fue una muestra de que en un encuentro entre dos selecciones están en juego muchas otras cosas, visibles e invisibles, como valores, identidades, costumbres, actos de reivindicación, de política y diplomacia.

En todos los mundiales ha existido una buena dosis de polémica y en ocasiones estas discusiones trascienden la cancha y el tiempo. Es notable cómo después de muchos días de la final del Mundial 2026 todavía seguimos hablando de las tantas polémicas que desató este torneo, quizás como ningún otro lo haya hecho en el pasado.

La diferencia quizás es que, en esta ocasión, como nunca, hubo una buena cantidad de asuntos políticos que se hicieron públicos y terminaron por meterse a la cancha. Aquella frase de Diego Armando Maradona -“la pelota no se mancha”- quedó en el pasado, porque vaya que la pelota fue manchada por todo tipo de intereses que se metieron en el juego.

Además, están las redes sociales y su capacidad de potenciar cualquier discusión, cualquier teoría de conspiración. Se amplificaron puntos de vista que nos hacían pensar que son generalizados, cuando en realidad pertenecen a un pequeño grupo de personas. Esto sin contar el uso indiscriminado de “fake news” con claras intenciones de generar reacciones. En fin, un mundial que nos deja mucho para reflexionar.

A continuación, algunos de los episodios que marcaron este Mundial (y lo siguen haciendo). Por supuesto habrá muchos más, según la perspectiva de cada uno.

Después de varios días de polémicas sobre el partido final de la Copa del Mundo entre España y Argentina, el presidente argentino, Javier Milei, atizó el fuego con una declaración a una radio local, en la que no aportó pruebas. En su opinión, hay una campaña en contra de su país orquestada desde los gobiernos de izquierda de Brasil, de México y el partido Demócrata de Estados Unidos. Según Milei, “Argentina es faro de occidente, por eso toda la campaña mediática” en contra del país desde la final del Mundial 2026. El mandatario argentino agregó que el país que puso “más plata” en ese lobby antiargentino era “el Gobierno de Brasil”. Ninguna de estas acusaciones estuvo sustentada por pruebas. El Gobierno brasileño negó estas denuncias.

Por supuesto hay un contexto. Días antes de la mencionada entrevista, el 25 de julio, Milei visitó Sao Paulo para sumarse abiertamente a campaña electoral por la presidencia de Brasil y apoyar a Flavio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro, quien está cumpliendo la sentencia de 27 años que le fue dictada por conspiración. Ahí, en territorio brasileño, Milei lanzó fuertes adjetivos contra el mandatario Luis Inacio Lula Da Silva, a quien llamó “ladrón” y “presidiario”, entre otras palabras que han agregado más tensión a la relación entre ambas naciones. La reacción de Brasil no se hizo esperar: llamó a consultas a su embajador en Argentina.

No es la primera vez que el presidente de Argentina habla de una campaña en contra de los argentinos. Esa teoría es acompañada por otras voces, algunas cercanas a la ideología de Milei. En muchos casos se habla de un “celo” que muchos países tendrían hacia argentina, una especie de rencor acumulado.

Esto se suma a las muy amplias y diferentes teorías conspirativas que fueron surgiendo tras la final del Mundial entre Argentina y España, en una especie de resaca post mundialista: ¿Estuvo arreglado el marcador? ¿Los jugadores de la albiceleste “se echaron” para atrás por una petición u orden de la FIFA? ¿Una consecuencia del episodio de la manta con la inscripción de “las Malvinas son argentinas” al finalizar el partido contra Inglaterra? Algunas de ellas y muchas más fueron comentadas dentro de Argentina, como una forma de explicar algo que para algunos aficionados fue inexplicable.

Pero las teorías sobre la final estuvieron precedidas de muchas otras que se fueron fabricando mientras el torneo avanzaba. Antes de que muchos argentinos reaccionaran al perder la final, ya había un entorno adverso que se les fue construyendo principalmente desde las redes: que argentina era la favorecida de la FIFA; que fue beneficiada en el sorteo inicial para tener rivales por debajo de su nivel; que no fue sancionada por el arbitraje, sino beneficiada en todo momento; que los intereses comerciales estaban con Argentina y no podía ser eliminada.

Todo esto fue abonando a la percepción de animadversión que algunos argentinos, no todos por supuesto, consideran que existe hacia su selección desde otros países. A esto hay que agregar algo que siempre ha sucedido, desde que tengo memoria viendo fútbol: el campeón reinante es el enemigo a vencer y, por lo general, cuando hay neutralidad en un encuentro, el público siempre opta por el más débil. Eso parece ser lo que sucedió en muchos de los encuentros que tuvo Argentina. Hasta que enfrentó a España.

Hasta ahí incluso se podía decir que estas polémicas son intrínsecas a un apasionado torneo de fútbol. Pero donde las cosas comienzan a tomar otra dimensión es cuando surgen teorías conspirativas desde altas esferas, sin pruebas que las sustenten, y son compartidas por otros que las validan. Así se van construyendo realidades alternas donde no importa si es verdad o no, sino que sean adoptadas como verdades.

Desafortunadamente el debate sobre la derrota de Argentina en la final no puso en el centro el gran papel que realizó la selección en su intento de conseguir el bicampeonato -estuvo realmente cerca- ni el papel de Lionel Messi con el fantástico torneo que realizó, cuando muchos dudaban de su momento y cualidades. Tampoco permitió que algunos pudieran reconocer el extraordinario torneo que tuvo la España, indiscutible campeona.

Sí, las cosas empezaron mal gracias a la actuación de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, la FIFA, que llegó muy cuestionada a esta copa del mundo. Incluso antes de que rodara el balón ya acumulaba fuertes críticas por la organización, lo excesivo de los precios de las entradas, la forma de ponerlos a la venta, los intereses económicos y comerciales, los derechos televisivos, entre otras cosas. Pero quizás lo que más abonó a la mala imagen del organismo rector del fútbol mundial fue la relación entre su presidente, Gianni Infantino, con el mandatario de Estados Unidos, Donald Trump.

El 5 de diciembre de 2025, en la ceremonia de sorteo del Mundial que se realizó en Washington D.C., la FIFA otorgó un “Premio de la paz: el fútbol une al mundo” al mandatario estadounidense. El contexto era importante, porque meses antes Trump había manifestado su molestia porque el Comité Noruego no le otorgó el premio Nobel de la Paz, al que él mismo se había propuesto. El galardón de la FIFA llamó mucho la atención y desató enormes críticas contra la Federación, que parecía intentar complacer a Trump a toda costa. Incluso la ceremonia del sorteo mundialista tuvo que realizarse en Washington por una decisión de Trump, ya que originalmente el evento se realizaría en Las Vegas, Nevada.

Una fuerte entrada del estadounidense Florain Balogun en el partido de dieciseisavos de final frente a Bosnia-Herzegovina le mereció una tarjeta roja directa. La falta era clara y la decisión del árbitro parecía la correcta, incluso tras infinidad de revisiones. La sanción implicaba al menos un partido de suspensión para el jugador.

Pero entonces, la política se metió en la cancha. Una solicitud especifica de Trump a Infantino logró lo impensable: la FIFA resolvió retirarle la sanción del partido. No retiró la tarjeta roja, pero sí la sanción que conlleva dicha cartulina. Para eso, la organización echó mano de un artículo del reglamento en el que se permite que la sanción correspondiente se ponga en suspenso. El tema provocó la inmediata indignación de las federaciones de algunos países e incluso de la UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol), que consideraban irregular y poco transparente el hecho que beneficiaría a la selección estadounidense frente a Bélgica en los octavos de final. Finalmente, Balogun fue alineado en el partido, pero Bélgica se impuso 4 goles por 1 a Estados Unidos.

A pesar del marcador y de la eliminación de Estados Unidos, país anfitrión, el tema no quedó allí. La federación noruega de fútbol ha anunciado que llevará el caso ante el Comité de Ética de la FIFA, al considerar que una decisión como la que se tomó pone en riesgo al deporte.

“Es solo un partido de fútbol”, respondió el técnico argentino Lionel Scaloni al ser cuestionado sobre la importancia del partido contra Inglaterra en una conferencia de prensa previo al encuentro. El destino puso a estas dos selecciones nuevamente en el camino cuarenta años después de aquel partido en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, en donde los argentinos, comandados por Maradona, eliminaron a Inglaterra, con dos de los goles más emblemáticos: “la mano de Dios” y el mejor gol de la historia.

Entonces las cuentas parecían saldadas, al menos en lo que se refiere al fútbol, después de la guerra de 1982 entre ambas naciones por el dominio de las Islas Falklands (para los británicos) Malvinas (para los argentinos). Pero eso no pensaban algunos jugadores de la selección argentina, que aprovecharon los festejos de la dramática victoria para sacar y exponer una manta con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”.

Por supuesto, nadie puede negar el derecho que tiene todo argentino a manifestar su posición política sobre lo que consideran suyo -igual derecho que tendría un británico-, pero el contexto de un partido de fútbol entre selecciones no solamente resultó inadecuado para muchos, sino que está expresamente prohibido en los estatutos de la FIFA y del deporte en general. Tampoco abonó a la causa argentina el silencio que guardó la Federación de fútbol y su dirigente, más allá de que se abrió un expediente ante la queja de la federación inglesa.

Tengo la impresión de que, fuera de Estados Unidos, la selección iraní contó con un respaldo inusitado de los aficionados de buena parte del mundo. Un tanto porque se consideró el invitado no deseado en la fiesta y otro por la expectativa que se fue generando con la presencia de la selección en territorio estadounidense, la dificultad con sus visados y los de su comitiva, todo en medio de un conflicto armado.

Los iraníes tuvieron que mantener la sede de sus encuentros, dos en Los Ángeles y uno en Seattle, pero pernoctar en la frontera mexicana, en Tijuana, Baja California. Un ir y venir constante que sin duda cobró factura en sus jugadores.

Pero, además del tema político, lo que sin duda ganó más el entusiasmo de la afición fue su forma de jugar. Si bien no ganaron ni un partido, lograron empatar todos sus juegos, incluso con países que en el papel parecían muy superiores, como Egipto y Bélgica.

Con el mundial de fútbol de fondo, México y España retomaron sus relaciones después de siete años de un distanciamiento marcado por resentimientos, malentendidos, y pésimas gestiones diplomáticas en ambos lados del Atlántico.

La tarde del miércoles 25 de junio, la presidenta Claudia Shienbaum recibió en el Palacio Nacional al rey de España, Felipe VI, quien fue invitado por la propia mandataria a asistir al partido de la selección española contra Uruguay, que se llevó a cabo en Guadalajara dos días después del encuentro entre ambos.

El contexto futbolero resultó el adecuado para zanjar las diferencias por temas históricos, como la conquista de la Nueva España y sus abusos, diferencias que originaron el distanciamiento bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador.

La visita de Felipe VI fue breve y en ella se hablaron temas generales, pero, más allá de eso, lo importante era la fotografía de él estrechando la mano de la presidenta Sheinbaum.

Sí, como vemos, el fútbol puede provocar tensiones entre países, puede cobrar revanchas de temas que están fuera de la cancha, pero también puede unir y conciliar.

Seguirá siendo un juego, pero algo más, que nos apasiona, nos identifica, nos enorgullece.

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