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Cómo Trump se convirtió en un actor que ni el chavismo gobernante ni Machado parecen dispuestos a confrontar en público

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Telemundo 15
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Por Alfredo Meza, CNN en Español

Casi diez meses después de la sorpresiva captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en su búnker del suroeste de Caracas, tanto la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, como la principal líder opositora, María Corina Machado, no parecen dispuestas a tener una confrontación abierta con el presidente Donald Trump por su política hacia el país sudamericano y la situación de los migrantes en Estados Unidos. Y ambas tienen motivos para cuestionar al mandatario estadounidense.

El mismo día de la operación militar contra Maduro, Trump dijo que gobernaba Venezuela. A lo largo de las semanas siguientes ha asegurado, por ejemplo, que a los vencedores “les pertenece el botín” y que ese país no está preparado para celebrar elecciones.

Pero salvo durante las confusas horas que siguieron a la desaparición de Maduro, cuando Rodríguez denunció la “agresión militar” de Estados Unidos y prometió que su país “jamás volvería a ser colonia de ningún imperio”, la presidenta encargada ha decidido obviar los alardes del presidente estadounidense, a contramano de la identidad política construida durante varios lustros por el chavismo, un movimiento que reivindicó su carácter antiimperialista hasta la víspera de la operación militar del 3 de enero.

Delcy Rodríguez evitó utilizar el proscenio de la Asamblea General de la ONU para denunciar a Washington, tal como lo hicieron casi siempre todos los oradores chavistas, e incluso ella misma, en los años anteriores. En ese mismo escenario el fallecido presidente Hugo Chávez se refirió a su entonces homónimo, George W. Bush, como el diablo en una recordada intervención.

Pero en la ONU Rodríguez escogió hablar de un futuro alineado con el plan de tres fases anunciado por el secretario de Estado, Marco Rubio, para Venezuela. Se trata, según dijo, de llevar a cabo una transformación desde las instituciones del país que culmine en una transición “hacia una democracia plena”.

Con ese drástico giro, la presidenta encargada busca preservar el poder político con el espaldarazo de Estados Unidos y un discurso que cada vez menos evoca a Maduro para concentrarse en la reconstrucción institucional del país, en el diálogo político con la oposición y en lo que ha llamado “el renacer de Venezuela”. Ni siquiera hubo una reacción del alto gobierno cuando la semana pasada las autoridades estadounidenses formularon nuevos cargos contra Maduro y Flores por conspiración para cometer torturas.

Mientras profundiza en esas líneas discursivas, Rodríguez le dio a Washington acceso a parte de las reservas de petróleo y estableció además una agenda de colaboración que permitió incluso que Trump se adelantara a anunciar la muerte del Niño Guerrero, líder del Tren de Aragua, antes que las autoridades venezolanas

María Corina Machado siempre ha sido vista como aliada de Washington. Luego de salir de Venezuela ha procurado reforzar esa impresión en entrevistas y eventos, con un mensaje que busca darle garantías a la inversión estadounidense.

Tanto ella como las fuerzas políticas opositoras representadas en la mesa de diálogo auspiciada por Estados Unidos dependen del poder de coerción de la actual administración estadounidense para poder hacer posible el cambio político en el país sudamericano. Y han entregado su destino al éxito del plan de transición de tres fases anunciado por Rubio, sin abandonar la presión por la celebración de elecciones presidenciales a la brevedad. Machado ha propuesto que esos comicios se celebren el 24 de julio de 2027, el día del natalicio de Simón Bolívar, el libertador de Venezuela.

Uno de los cambios más notorios respecto a lo que ocurría antes del 3 de enero -cuando Maduro y Machado condenaron el envío de ciudadanos venezolanos a una prisión de máxima seguridad en El Salvador- se ha manifestado en la falta de crítica hacia la política migratoria de la administración Trump, quien durante la campaña electoral que lo devolvió a la Casa Blanca prometió llevar a cabo la mayor deportación de la historia de su país.

La comunidad venezolana creció en los últimos años en Estados Unidos en parte por la concesión del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) por parte del gobierno de Joe Biden, en 2021 y 2023. Al perder esa protección comenzaron a conocerse las historias de muchos venezolanos detenidos por ICE, incluso aquellos que tenían una solicitud de asilo pendiente de fallo.

Entre tantas historias que involucran a venezolanos destacan los casos de Wilber Rafael Garcés Pérez, un migrante venezolano que resultó baleado después de ser detenido por agentes de ICE en Austin, Texas, en un confuso incidente en septiembre pasado.

Mientras las autoridades federales sostienen que actuaron dentro del marco de una operación migratoria, Garcés y su defensa cuestionaron el procedimiento de los funcionarios y la falta de atención médica oportuna posterior. Dos días después de recibir un disparo, Garcés seguía con una bala en la espalda, según las declaraciones de su abogado recogidas por CNN. Un juez federal ordenó suspender temporalmente su deportación mientras se desarrollan las actuaciones judiciales relacionadas con el caso.

También fue reportado ampliamente el caso de los venezolanos Luis David Niño-Moncada y Yorlenys Zambrano-Contreras, quienes resultaron heridos durante un operativo federal en Portland, el pasado enero. El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos afirmó entonces que sus funcionarios actuaron en defensa propia y posteriormente vinculó a ambos migrantes con el Tren de Aragua, la banda criminal de origen venezolano frecuentemente mencionada por Trump en sus discursos. Los abogados de ambos negaron los señalamientos.

Los casos llamaron la atención de la diáspora venezolana en Estados Unidos, pero ni Rodríguez ni Machado declararon sobre los casos de Garcés Pérez, Nico Moncada y Zambrano-Contreras para condenar lo ocurrido o para criticar el trato dado a la inmigración.

La líder opositora parece estar concentrada en presionar para que le permitan regresar a Venezuela. En ese aspecto sí cuestiona la forma cómo el Gobierno de Trump está facilitando la transición.

El 5 de octubre Machado publicó un artículo en el New York Post en el que escribió que los venezolanos que viven en el exterior solo regresarán si existe una ruta clara hacia la democracia, y reiteró que es “urgente” su regreso para acompañar y organizar a la ciudadanía.

Rodríguez necesita mantener las mejores relaciones con Washington para poder acceder a las inversiones y a la cooperación internacional. No es desde luego la garantía para mantener el poder político, pero el viraje podría contribuir a crear mejores condiciones para recuperación económica de Venezuela. Machado sabe que depende del respaldo estadounidense desde hace muchos años. Ahora busca regresar a Venezuela para sobreponerse al hecho de que su movimiento no participa en la mesa de diálogo, para evitar perder la influencia que ahora tiene.

Desde aceras contrarias, ambas encarnan el peso que Estados Unidos ha adquirido en la política venezolana.

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