Uruguay, el país más secular de América, espera al papa León XIV con pompa y honores

Por Darío Klein, CNN en Español
Cuando León XIV pise por primera suelo latinoamericano como pontífice este viernes, lo hará en el país menos religioso de la región, que lo espera con toda la pompa y algunas polémicas políticas.
Uruguay es el país con menor porcentaje de católicos de Latinoamérica, definido por una férrea separación de la iglesia y el Estado desde comienzos del siglo XX. Pero el recibimiento del papa será masivo: las entradas para los eventos que celebrará en el Estadio Centenario de Montevideo y en la ciudad de Florida –gratuitas, pero que había que solicitar con antelación– se agotaron en pocas horas.
A lo largo de la capital uruguaya se ven banderas blancas y amarillas del Vaticano a la venta en algunas esquinas, divisas y banderines con la imagen de León XIV enganchadas en las ventanillas de algunos vehículos e iglesias, y templos iluminados para la ocasión. Hasta un famoso cartel de “Montevideo” ubicado en la playa Pocitos, de referencia para los turistas que llegan a la ciudad, está pintado con los colores papales.
Sin embargo, a pocas horas de la histórica visita del segundo papa que llega a suelo uruguayo (después de las visitas de Juan Pablo II en 1987 y 1988), un transeúnte distraído en Montevideo no lo notaría.
En la capital uruguaya, el papa tiene previsto recorrer el centro: la Plaza Independencia y la Plaza Matriz (donde dará su saludo inicial, se reunirá con las autoridades políticas y religiosas del país, y recibirá las llaves de la ciudad), así como una de sus zonas más empobrecidas, la llamada “cuenca de Casavalle”. Además, llevará adelante un servicio religioso ante un Estadio Centenario repleto de fieles y curiosos y oficiará misas en la ciudad de Paysandú (fronteriza con Argentina) y en Florida, donde está el santuario que alberga a la santa patrona de Uruguay, la virgen de los Treinta y Tres.
Para pagar la visita, la Iglesia Católica uruguaya realizó una colecta que pretendía recaudar unos US$ 2,7 millones. Además, cientos de voluntarios trabajan en la organización y decenas de artesanos y empresas donaron objetos: desde el papamóvil, ensamblado en Uruguay, hasta la silla en la que se sentará León XIV o un cáliz tallado de madera.
Pero no todo ha sido armonía detrás de la visita. El presidente de la Cámara de Representantes, Rodrigo Goñi, del opositor Partido Nacional, propuso iluminar el Palacio Legislativo con los colores del Vaticano para homenajear la llegada papal. La idea generó una polémica inmediata: el diputado del oficialista Frente Amplio Fernando Amado respondió acusando a Goñi de violar la laicidad. En su cuenta de X escribió: “Estaremos acá para recordarle que la laicidad no es un asunto olvidado” y que “nuestras instituciones republicanas se honran y respetan más que con palabras, con hechos”. La propuesta finalmente no fue siquiera considerada en la Comisión Administrativa del Parlamento.
El debate muestra la forma en la que el país ha vivido la religiosidad y la influencia de la Iglesia católica: con la palabra laicidad como bandera.
Uruguay llevó adelante un singular proceso entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX para separar completamente al Estado de la Iglesia católica, algo que quedó garantizado en la Constitución de 1919. El primer hito significativo que marcó este proceso de secularización del país sucedió tan pronto como en 1861, apenas unos 30 años después de que el país aprobara su primera Constitución y definiera sus estatutos como Estado independiente. Ese año, los cementerios, que estaban bajo el control de la Iglesia, pasaron a estar bajo la órbita del Estado. De allí en adelante, hasta que en 1917 se aprobó una constitución que separó formalmente a la Iglesia del Estado y garantizó la libertad de culto, la institución católica fue perdiendo cada vez más poder real y simbólico.
En 1885, por ejemplo, se volvió obligatorio el matrimonio civil antes del religioso. Y pocos años después, en 1907, se aprobó la ley de divorcio y se suprimieron las referencias a Dios y los evangelios en el juramento de los parlamentarios. Un año antes se había definido remover todos los crucifijos de los hospitales públicos.
Uno de las decisiones más significativas llegó en 1909, cuando se suprimió la enseñanza de la religión en las escuelas públicas. José Pedro Varela, el impulsor de la educación laica, gratuita y obligatoria que marcó al país, resumía años antes en estas palabras el espíritu que guió las decisiones de los políticos de la época: “No profesemos ningún culto, pero tengamos la religión del porvenir, con la mirada fija en la estrella de la justicia, que nos alumbre; marchemos incesantemente preparando el establecimiento de la democracia, en la que el pueblo, convertido en sacerdote y en rey, tendrá por guía y por dios a la libertad”.
El proceso, no obstante, no fue uniforme. Las primeras decisiones, según académicos como Roger Gaymonat, no necesariamente tenían como intención volver laico al país. Sin embrago, a partir de 1885 sí se desató una “tormenta anticlerical” y desde los primeros años del siglo XX ya hubo una ofensiva de la mano del presidente que moldearía al Uruguay moderno: José Batlle y Ordóñez, quien gobernó entre 1903 y 1907, y 1911 y 1915.
Los cambios siguieron incluso después de sus gobiernos. En 1919, por ejemplo, se secularizaron los feriados religiosos: en el calendario oficial la Semana Santa pasó a ser la Semana de Turismo, la Navidad se convirtió en el Día de la Familia, al Día de Reyes se lo designó como Día de los Niños y al Día de la Virgen como Día de las Playas. Hoy en día algunas de esas menciones cayeron en desuso, pero hay pocos uruguayos que no detengan sus actividades en la que casi todos llaman “Semana de Turismo”.
La polémica sobre la laicidad en Uruguay quedó también patente durante la anterior visita papal. Juan Pablo II se convirtió en abril de 1987 en el primer papa en visitar Uruguay. En Tres Cruces, uno de los puntos más céntricos de Montevideo, persiste hoy un recordatorio de ese viaje que fue además objeto de un debate que permanece: una cruz de más de 20 metros de alto instalada en la intersección de dos de las principales avenidas de la ciudad.
La cruz se montó para la misa que celebraría allí el papa y que, según la Iglesia Católica, fue la que tuvo mayor asistencia en la historia del país. Inicialmente iba a ser una estructura transitoria, pero luego de que el papa se marchara se planteó la posibilidad de que la cruz quedara como recuerdo del paso del “papa viajero” por el país.
Uno de los defensores más vocales de la iniciativa fue el entonces presidente Julio María Sanguinetti, un agnóstico declarado que no obstante argumentó que la cruz representaba un hito de la historia del país y su permanencia no violaba la laicidad del Estado.
La propuesta encendió un acalorado debate que pasó por el legislativo de la ciudad y terminó en el Parlamento nacional, donde se discutió durante casi dos meses hasta ser aprobada y convertirse en ley.
Sea como fuere, la visita del papa a Uruguay despertó el interés de la mayoría de los uruguayos. Según lo registrado por Latinobarómetro en 2026, el 35% de los uruguayos era católico.
Si se analiza la evolución del catolicismo en Uruguay, según la evolución registrada por el Latinobarómetro, puede verse como el porcentaje de personas que se definían como católicas fue cayendo desde cerca del 60% en los 90 del siglo pasado, a casi la mitad de esa cifra en la actualidad. Además, no todos aquellos que se definen como “católicos” son practicantes: solamente el 9% se define como algo o muy practicante.
Eso, no obstante, no quiere decir que los uruguayos no crean en algún dios. Según el Estudio Mundial de Valores, el 70% decía “creer en Dios”.
A pocos días de la visita papal, el oficialista Frente Amplio (FA) realizó una charla en su sede titulada “Frente Amplio y cristianismo” en la que los expositores elogiaron a los últimos papas católicos y el presidente del partido, Fernando Pereira declaró: “Tenemos cierto complejo de decir que somos de izquierda y cristianos, y esto es lo que hay que abatir”. Y agregó: “¿Cuántos hechos llenan el estadio Centenario? ¿Cuántos van a movilizar a Florida o mover 50.000 personas en Paysandú?”. Y concluyó: “No es un evento cualquiera”.
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