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Trump y Xi se reúnen en China. América Latina está en el tablero de la disputa geopolítica de las potencias

Por Gonzalo Zegarra, CNN en Español

La esperada reunión entre el presidente de EE.UU., Donald Trump, y el líder chino, Xi Jinping, tiene varios temas prioritarios en la agenda en un momento de conflictos internacionales. Pero la disputa geopolítica de las dos principales potencias mundiales también se desarrolla en América Latina, donde hay múltiples escenarios de confrontación en áreas comerciales, tecnológicas, logísticas y otros sectores.

Algunos países de la región tienen una marcada adhesión a alguna de las partes, mientras que otros intentan mantener un equilibrio estratégico entre Washington y Beijing para tratar de sacar provecho de cada una. China, con un avance constante desde el boom de los commodities, superó hace unos años a la Unión Europea como segundo socio comercial de América Latina y en el caso de varios países ya está por encima de Estados Unidos en volumen de intercambio. Por su parte, la Casa Blanca adoptó desde 2025 una postura más coercitiva.

La estrategia de seguridad nacional que el Gobierno de Donald Trump dio a conocer a finales de 2025 establece que una de las prioridades de Estados Unidos es “expandir” su presencia en la región y hacer frente a “influencias extranjeras”.

Aquí, un repaso de los casos más significativos.

El canal de Panamá se convirtió en el principal foco del discurso hemisférico de Trump contra el gigante asiático. Desde antes de asumir su segundo mandato, acusó repetidamente a Beijing de “operar” la vía interoceánica, que es gestionada por una autoridad independiente nombrada por el Gobierno panameño. Beijing negó en repetidas ocasiones que haya interferido en las operaciones del canal.

En medio de las presiones de Washington, Panamá anunció en 2025 su salida de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un programa chino de infraestructuras que desde 2013 es símbolo de su ascenso global.

Pero la polémica sigue centrada en el canal (cuyo tráfico aumentó por las tensiones en Medio Oriente), con declaraciones cruzadas entre Washington y Beijing. El Gobierno de Panamá, más alineado a la Casa Blanca, denunció que China aumentó la detención de buques con bandera panameña para supuestas inspecciones, luego de que en febrero las autoridades locales tomaran la administración en ambos extremos del canal, luego de un fallo judicial que declaró inconstitucional un contrato con Panama Ports Company y su matriz hongkonesa CK Hutchinson Holding, grupo que por casi tres décadas operó esas terminales.

El puerto de Chancay, inaugurado por Xi Jinping en 2024, se convirtió en el proyecto chino más emblemático en el Pacífico sur, como un gran centro logístico que facilitará un gigantesco volumen de carga entre Asia y Sudamérica.

La terminal, cuyo 60 % pertenece a una empresa de capitales chinos, despertó el recelo de Washington, que este año lanzó una advertencia ante la posibilidad de que el Gobierno de Perú pierda facultades de supervisión.

El embajador de EE.UU. en Lima, Bernie Navarro, advirtió en febrero que Perú podría “perder soberanía” por ese tema.

De todas formas, China continúa su avance con eje en Chancay: la firma china Junefield suscribió un contrato de un nuevo parque industrial de Ancón, situado entre la terminal y el puerto del Callao, con inversiones estimadas en más de US$ 1.200 millones para facilitar el movimiento de mercancías.

En tanto, Perú mantiene sus lazos con Estados Unidos, en medio de sus turbulencias políticas. En abril, autoridades firmaron un contrato de compra de aviones F-16 a la empresa estadounidense Lockheed Martin, un polémico proceso que desencandenó la renuncia de dos ministros por desacuerdos con el presidente.

Brasil, la economía más grande de la región y el país más habitado, es quien tiene la relación más dinámica con China, su socio en el bloque de los BRICS. Beijing le compra soja, hierro y carne, mientras empresas chinas expandieron inversiones en energía y logística.

Trump, también motivado por su alianza con el expresidente Jair Bolsonaro, endureció su discurso hacia Brasilia y el año pasado impuso aranceles que luego fueron retirados, aunque las tensiones desescalaron tras conversaciones entre los mandatarios. Tras una reciente reunión en la Casa Blanca, Lula da Silva declaró que le dijo a Trump que “necesitaba volver a fijarse a nuestros productos otra vez”, en un momento en que China compra más al país sudamericano.

Uno de los focos de interés de EE.UU. y China son los minerales de tierras raras, un recurso natural por el que Brasil busca inversiones para su explotación. “No tenemos preferencia sobre quién compra todos los minerales; cualquiera que quiera trabajar con nosotros para ayudarnos a utilizar este recurso natural, es bienvenido a venir a Brasil”, dijo Lula, quien aspira a un nuevo mandato en las elecciones de octubre.

Bajo el Gobierno del presidente Javier Milei, Argentina apostó por un fuerte alineamiento con Washington, sobre todo en lo discursivo. Sin embargo, China sigue siendo uno de los principales socios comerciales del país sudamericano (compite el primer puesto con Brasil) y el mandatario moderó su lenguaje hacia Beijing.

Estados Unidos ha venido desarrollando ejercicios militares en el Atlántico sur, una zona altamente estratégica, y realizó varias visitas de autoridades militares.

El Gobierno de Milei, quien se ha mostrado muy cercano a Trump y ha viajado varias veces a EE.UU., consiguió en 2025 un salvataje financiero clave de US$ 20.000 millones que permitió evitar una crisis cambiaria justo antes de las elecciones legislativas.

Pero Argentina y EE.UU. tienen economías que no se complementan. Los dos países americanos producen soja, maíz, trigo, carne o aceite, por lo que Washington quedó relegado por detrás de China, Brasil y la Unión Europea entre los principales socios comerciales. Además, la estación espacial china en Neuquén y las inversiones estratégicas siguen generando recelo en la Casa Blanca.

México, una de las mayores economías de la región, ha estrechado algunos lazos con China, pero su margen de acción está limitado por su cercanía geográfica a Estados Unidos, que es su principal socio comercial y ejerce allí una mayor influencia que en otros países más alejados.

El asunto es una de las claves de la revisión que deben encarar los países este año del acuerdo comercial de México, EE.UU. y Canadá, ya que Washington quiere evitar que empresas de Asia, principalmente de China, utilicen a su vecino del sur como plataforma para entrar al mercado estadounidense sin pagar aranceles.

En medio de esta presión, México anunció en diciembre fuertes aumentos de los aranceles sobre las importaciones procedentes de China y otros países sin acuerdos de libre comercio con México, de hasta un 35 % en cientos de productos. En respuesta, China dijo que tiene derecho a tomar represalias, aunque no anunció contramedidas, y las inversiones continúan: por ejemplo, la automotriz GAC confirmó el inicio de operaciones de una planta de ensamble en el país para el segundo semestre.

La mandataria Claudia Sheinbaum ha repetido que aborda la relación con Trump apostando por lo que llamó “cabeza fría”, mientras algunos críticos la acusan de “ceder” ante exigencias de la Casa Blanca.

Chile mantiene relaciones fluidas con Washington y a la vez tiene un Tratado de Libre Comercio y se adhirió a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, con lo que ha demostrado capacidad de balancear su diplomacia entre las dos potencias, pero es un territorio clave por sus minerales críticos para baterías y la transición energética. Un caso más silencioso que el de otras naciones, es eje de una competencia para asegurar el suministro estratégico de cobre y litio.

El año pasado, Chile dejó sin efecto la licitación a una empresa china para la elaboración de pasaportes luego de que Washington advierta que podría cancelar el programa Visa Waiver, que autoriza la entrada al país norteamericano sin un visado. En febrero, antes del cambio de gobierno, el Departamento de Estado de Estados Unidos retiró las visas a tres funcionarios de Chile que participaron en la entrega de una concesión para la construcción de un cable submarino de fibra óptica que una a China con el país sudamericano, un tema que agitó la transición presidencial y sigue en evaluación.

El ultraderechista José Antonio Kast asumió en marzo con un discurso más afín al de Washington, aunque sin cambios radicales en su política exterior.

La diplomacia del presidente de Ecuador, Daniel Noboa, es otro ejemplo de un delicado balance entre las dos potencias. Su gestión ha estado marcada por la lucha contra la violencia y el crimen organizado, por lo que ha fortalecido su cooperación en seguridad con Washington y expresa su cercanía ideológica. A la vez, defiende la relación comercial con China, clave para la economía del país.

EE.UU. incrementó asistencia tecnológica, coordinación militar y operaciones conjuntas, y Noboa lo defiende como un socio estratégico contra el narcotráfico y la inseguridad. El mandatario participó en marzo en la cumbre presidencial “Escudo de las Américas” convocada por Trump en Florida, pero dejó claro que no enfriará los vínculos con Beijing.

De hecho, Noboa adelantó que planea volver a viajar en agosto a China, adonde ya fue en junio pasado.

La captura del presidente Nicolás Maduro en enero y el giro del gobierno chavista hacia una postura más tutelada por Washington sacudió los intereses de China en Venezuela. Durante años en los que las sanciones de Washington presionaban a Caracas, el gigante asiático mantuvo su respaldo político y fortaleció los vínculos energéticos, pero la operación del 3 de enero modificó el tablero.

Si bien China venía reduciendo su exposición financiera en el país sudamericano, compraba más de la mitad del crudo que Venezuela exportaba (con lo que se pagaba parte de la deuda), y que ahora está en gran medida controlado por Estados Unidos y sus intereses energéticos.

Así, la influencia de Beijing en el país sudamericano viene reconfigurándose frente al creciente rol de Trump, que está limitando las posibilidades de China. Cuando el Departamento del Tesoro levantó significativamente las sanciones sobre la banca pública venezolana, la licencia excluyó expresamente a entidades chinas, así como de Rusia, Irán, Corea del Norte y Cuba. La misma prohibición fue establecida cuando alivió sanciones al sector petrolero.

En el caso de Paraguay la disputa pasa más que nada por el plano diplomático: es el único país sudamericano que reconoce oficialmente a Taiwán, un punto delicado de la rivalidad entre Estados Unidos y China.

El presidente Santiago Peña visitó la isla la semana pasada, lo que fue criticado por Beijing, que presiona a Asunción para que rompa relaciones con Taipei.

El tema es debatido en Paraguay, ya que sectores empresariales y agroexportadores consideran que podrían verse beneficiados con un mejor vínculo con China, pero Estados Unidos está interesado en que esa postura se mantenga como está.

Colombia, que en las últimas décadas fue uno de los aliados más estrechos de EE.UU., principalmente en temas de seguridad, profundizó sus vínculos con China durante el Gobierno del presidente Gustavo Petro.

El año pasado, firmó un acuerdo de intención para unirse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y posteriormente declaró que la decisión pasó también “porque no nos insultaban allá ni nos amenazaban”, en alusión a las críticas de Washington. Semanas después, el Gobierno de Trump descertificó a Colombia en la lucha contra el narcotráfico, atribuyendo la medida al mandatario colombiano.

China ha ganado protagonismo en obras de infraestructura en el país, incluida la construcción de la Línea 1 del Metro de Bogotá y la autopista de Urabá.

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