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Cómo Trump no ha aprendido las lecciones de las guerras posteriores al 11 de septiembre

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Telemundo 15
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Análisis de Peter Bergen, CNN

El viernes se cumple el 25.º aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Desde entonces, los presidentes de Estados Unidos han ampliado gradualmente sus poderes para librar guerras en cualquier lugar y momento, a su antojo.

Con la Operación Epic Fury en Irán, el presidente Donald Trump alcanzó un nuevo máximo en cuanto a las facultades bélicas que se atribuye el comandante en jefe estadounidense. Trump emprendió una guerra por decisión propia contra Irán —país que, en sus palabras, es el “principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo”— sin autorización del Congreso, sin el respaldo de los aliados de la OTAN ni una resolución de la ONU. Tampoco contó con el apoyo de la opinión pública estadounidense para lo que, desde el principio, fue la guerra menos popular de la era moderna, ni existía nada que se asemejara a una amenaza inminente para Estados Unidos. Además, Trump no se molestó en aprender nada de las guerras anteriores del país y carecía de un plan real para el “día después” del inicio de las hostilidades.

Las fuerzas armadas estadounidenses han demostrado durante mucho tiempo su eficacia para destruir y matar; sin embargo, cuando sus tácticas no se alineaban con una estrategia clara, Estados Unidos terminaba atrapado en el pantano de Vietnam o en la guerra civil sectaria de Iraq —que acabó dando origen a ISIS—, o bien precipitaba una posible recesión económica mundial a causa de la guerra con Irán.

Los predecesores de Trump también sentaron las bases para la guerra con Irán. La “guerra contra el terrorismo” evolucionó en los meses posteriores al 11 de septiembre, trascendiendo el conflicto en Afganistán contra los talibanes y Al Qaeda, que contaba con el respaldo de la ONU y de los aliados de la OTAN. Posteriormente, se amplió para abarcar la doctrina de “guerra preventiva” del presidente George W. Bush, la cual justificó la invasión de Iraq en 2003. Dicha invasión desembocó en una guerra civil en la que murieron unos 200.000 civiles iraquíes.

La guerra contra el terrorismo se extendió para incluir el uso frecuente de drones armados por parte del presidente Barack Obama en países como Pakistán y Yemen, naciones que no estaban en guerra con Estados Unidos; ataques que acabaron con la vida de miles de presuntos terroristas y de un número considerable de civiles.

Con el apoyo de la ONU y la OTAN, Obama también ordenó la campaña para derrocar al dictador libio Muamar el Gadafi en 2011, aunque no solicitó la aprobación del Congreso. El derrocamiento de Gadafi precipitó una guerra civil en Libia que duró una década; el país sigue dividido y actualmente está gobernado por dos administraciones distintas. Más tarde, Obama afirmó que no haber planificado el “día después” de la caída de Gadafi fue su mayor fracaso como presidente.

Durante la “guerra global contra el terrorismo”, Estados Unidos puso en práctica diversas estrategias y tácticas, algunas de las cuales tuvieron consecuencias contraproducentes y desastrosas. Entre ellas figuran la invasión de Iraq ordenada por Bush y el fiasco bipartidista de la retirada estadounidense de Afganistán más de tres lustros después; se trató de un acuerdo negociado bajo la administración Trump y ejecutado bajo la presidencia de Joe Biden.

Como era de esperar, la retirada de Estados Unidos de Afganistán desembocó en la toma del poder por parte de los talibanes. Los fracasos de la guerra de Iraq y de la retirada de Afganistán pusieron de manifiesto que la superpotencia estadounidense carecía de una dirección clara en materia de política exterior, lo que socavó su posición a escala mundial.

Hubo éxitos operativos estadounidenses reales durante la guerra contra el terrorismo: la CIA se convirtió en una eficaz agencia paramilitar dedicada a localizar y eliminar terroristas; el Mando Conjunto de Operaciones Especiales pasó de ser una fuerza antiterrorista apenas utilizada a convertirse en una máquina de matar a escala industrial; las Fuerzas Especiales de EE. UU. colaboraron con gran destreza con las fuerzas terrestres afganas e iraquíes; y la Agencia de Seguridad Nacional logró infiltrarse con éxito en las comunicaciones enemigas.

Todos estos avances desempeñaron un papel fundamental a la hora de diezmar la cúpula de Al Qaeda y acabar con el “califato” territorial de ISIS. Como resultado, no se produjeron ataques letales a gran escala perpetrados por grupos terroristas extranjeros en suelo estadounidense tras los atentados del 11 de septiembre, un logro que constituía un objetivo primordial de seguridad nacional para los cuatro presidentes que ocuparon el cargo después de aquella fecha.

El otoño pasado, Trump amplió drásticamente el alcance de la guerra contra el terrorismo al afirmar que podía matar a voluntad a presuntos miembros de cárteles de la droga latinoamericanos, bajo el argumento de que eran “narcoterroristas”. Esto dio lugar a decenas de ataques estadounidenses contra embarcaciones que transportaban drogas en el Caribe y, cuando el Mando Conjunto de Operaciones Especiales de EE. UU. capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro a principios de 2026, Trump sostuvo que este era un narcoterrorista.

Animado por lo que calificó como la operación “brillante” para apartar a Maduro del poder, Trump pronto dio la orden de iniciar la Operación Epic Fury. Esto recordaba a cómo la guerra relativamente rápida para derrocar a los talibanes tras el 11S envalentonó a Bush para lanzar la guerra de Iraq un año y medio después.

Una lección que Estados Unidos nunca aprendió tras el 11S: hay que elaborar planes reales para el “día después” de que la guerra parezca ganada, o lo más probable es que se pierda la paz. La administración Bush no negoció un acuerdo de paz con los talibanes después de que el grupo fuera derrotado por completo en diciembre de 2001 —momento en que muchos de sus líderes buscaban pactar una salida—, lo cual podría haber evitado muchos años de guerra. Eran bien conocidos los numerosos fallos a la hora de planificar lo que sucedería tras la caída del régimen de Saddam Hussein en Ira1; sin embargo, apenas ocho años más tarde, la administración Obama tampoco elaboró ningún plan para lo que ocurriría tras el derrocamiento de Gadafi.

La confusión entre lo que constituía un éxito estratégico estadounidense y lo que eran meras victorias tácticas resultó especialmente evidente durante la guerra con Irán, cuando las numerosas victorias militares contra los teócratas de Teherán no lograron producir ningún cambio significativo en el régimen. Como el propio Trump admitió durante los primeros días del conflicto: “Pasas por todo esto y, al cabo de cinco años, te das cuenta de que has puesto a alguien que no es mejor”.

Esta sombría predicción se cumpliría en cuestión de semanas. El nefasto historial de Estados Unidos en materia de cambios de régimen en Oriente Medio tras el 11S tampoco inspiraba confianza en que el proyecto estadounidense de decapitación del régimen iraní tuviera un final feliz. Mientras tanto, el régimen iraní ha utilizado el control que ha adquirido sobre el estrecho de Ormuz para sembrar el caos en los mercados de gas y petróleo que alimentan la economía mundial.

Veinticinco años después del 11S, Estados Unidos —que antaño se enorgullecía de ser el garante del orden mundial— se ha convertido ahora en su principal factor de desestabilización.

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